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Una gabardina y un café. Así conocí a vuestra madre

La gabardina, una de las prendas de esta temporada

Algún día mi padre fue el Humphrey Bogart de Casablanca. Con su gabardina ajustada y ese buen porte que enamoró a mi madre a pesar de las circunstancias.

En casa siempre ha sido un planazo ver películas antiguas. Desde que descubrí aquel proyector en el desván de la abuela y disfrutaba con ella de cada cinta envejecida -por dentro y por fuera- hasta que Marina se unió al reparto peliculero. Hoy, también comparto con mi padre momentos de cine. Él es otro gran cinéfilo y amante vintage

Es un día de lluvia pre primaveral en Segovia. De esos en los que anochece poco después de las cuatro, y no porque toque, sino porque así lo ha decidido la meteorología. Este lunes sí habían acertado con las isobaras en el telediario, sin duda. “Marzo marzuelo, un día malo y otro bueno”, decía siempre el abuelo. A mi padre -Jose, a partir de ahora- se le ha antojado, para aprovechar la tarde-noche, rememorar aquellas grandes escenas en blanco y negro de Audrey Hepburn y George Peppard paseando por las calles de Nueva York en ‘Desayuno con Diamantes’. Nunca me cansaré de ver a Holly Golightly desayunando un bollo frente al escaparate de Tiffany´s o de ese momento en el que la joven engabardinada se puso a buscar desesperada a su gato bajo la  lluvia… “¡Vaya, la gabardina! ¡No he ido a recogerla a casa de mi hermana!” 

Si alguna característica más me tengo que adjudicar, esa es la de olvidadiza. “Pequeña Dori”, me dice siempre mi amiga Sofía. Hoy me hubiera venido genial. Estrenar primavera temprana con mi gabardina beige y con su forro de cuadros estampado, a juego, sin duda, con la bandolera verde El Potro Pipe, que me acababa de adjudicar en Mi Piel. “Me encanta esa gabardina tuya, hija; pero no conoces la historia de la mía”. Toca historia y pinta ser de las buenas.

A mi padre le encanta contar historias, ya sean de Don Pelayo en un viaje de familia o de su vida, o de la mía, o de… “¿Sabes cómo conocí a tu madre? Hacía un día bastante parecido al de hoy, pero ya metidos de lleno en primavera. Llovía que daba gusto. ¡Vaya si llovía! Recuerdo a la gente caminar… ¡Qué caminar! Correr por la calle, esquivándose unos a otros como podían y dándose mamporrazos con los paraguas. Los coches pasaban y  ¡zas! El charco en la cara. ¿Sabes lo que te digo? Yo había ido a por el periódico y me había pillado el chaparrón en mitad del camino de vuelta. Llevaba una gabardina preciosa. Me la acababa de comprar en una tienda de moda aquí en Segovia… La vieja tienda de Pilar, ¿la recuerdas? Eras muy pequeña… ¡Para una cosa que me compro! Que tú sabes, hija, que yo no soy mucho de ampliar el armario”. 

Me lo imagino con aquella gabardina, estilo detectivesco, -orgulloso de ella, parece ser- corriendo por las calles de Segovia y sin paraguas… Porque él nunca lleva paraguas. Y mira que le he insistido en que se coja uno en Mi Piel, “uno de Cacharel estampado, precioso”, le había dicho; pero no hay manera. Con el éxito que han tenido este año. En casa del herrero… 

Ahora que lo pienso, en esta familia somos muy fans de las gabardinas, prácticamente todos tenemos una en el armario. No me extraña que este tejido fuera creado para proteger a los oficiales ingleses, en sus inicios, del viento y la lluvia. Menudo invento el de Thomas Burberry, quién le iba a decir en aquel 1880 que su primer trench coat iba a tener tanto éxito y se iba a convertir en tendencia repetida años más tarde; como este, que es parte del total look de la primavera que se viene

“Corriendo bajo la lluvia, paraguazo aquí, paraguazo allá, el periódico ya inservible hecho masa; de repente noto un golpetazo tremendo y un calor inexplicable que se mezclaba con aquellas gotas frías de lluvia primaveral. Todo un café desparramado por mi recién estrenada gabardina. Tu madre, llegando tarde como siempre a cualquier sitio, corriendo a más no correr; ese día más de lo normal, claro. Con su café de primera mañana, que todavía hoy se prepara en casa para tomárselo camino de donde sea. Hirviendo. Cómo le gusta que esté hirviendo”.

Ahora comprendo porque mi madre siempre dice que cuando conoció a papá le recordaba a Humphrey Bogart, en Casablanca. Con su gabardina entallada que se ha convertido en el must-have temporada tras temporada. “Lleno de café, de arriba, abajo. Me pidió perdón tantas veces que hasta pena me dio, hija. Fui yo quien la invitó a un café esa mañana a cambio de que me explicara cómo quitarme las manchas de aquella gabardina. Que yo sabía hacerlo perfectamente. Tú sabes quién se encarga de la colada en casa; pero… Bueno, ya sabes. Alguna excusa tenía que poner entonces.” 

¿Qué habrá sido de esa gabardina? Ahora papá tenía una camel con doble botonadura, como las que se llevan este año y yo… que aún no sabía qué regalarle por el Día del Padre, se me había ocurrido un plan genial. ¿Y si le añado los complementos indispensables a ese look para que a mamá se le vuelva a caer la baba con este renovado y actualizado Humphrey Bogart? En Mi Piel teníamos ofertas especiales para el Día del Padre; un maletín Denver de Rosme, que le iba de perlas a su gabardina y que le servía, además, para guardar su portátil. De esta no pasaba. ¡El paraguas! El azul de Perletti me tenía enamorada. ¡Es hora de resaltar, papá! Y tal vez de ser un poquito más transgresor… Seguramente mi hermana tampoco había pensado en el regalo, ella siempre a última hora. La maleta de cabina de Wood de Movom, con su gabardina de moda, subiendo a ese avión que espero muy pronto puedan coger… 

Sí, me gusta la idea. Y mamá podrá parafrasear con buen gusto aquello de “el mundo entero se desmorona y nosotros nos enamoramos”. 

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