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Un cine en el desván o cómo enamorarte de un bolso

Conocí a Grace Kelly en el desván de mis abuelos. No había mejor butaca que aquella para verle desfilar con su bolso de Hermès. Que se lo digan a Marina…

No levantaba medio metro del suelo así que mentiré si digo que lo recuerdo. He tenido buenos contadores de historias en mi vida, algunas de ellas más realistas y otras ligeramente adornadas, y no sabría decir cuáles me gustan más. Creo que siempre he disfrutado con las que tienen un poco de exageración; aunque en este caso no tiene nada que ver con eso. 

Mis abuelos viven en El Espinar, y a diferencia de cualquier otro nieto o nieta a la edad de corretear y pisar margaritas en el jardín, mi lugar preferido de la casa, por no decir del mundo, era su desván. Desde aquella buhardilla en el tercer piso se veía la Sierra de Guadarrama. Me encantaban aquellas montañas en invierno; ni que decir por qué. Me gustaba también el silencio de ese altillo; lo literario y bucólico de su espacio me recuerda ahora a la vieja librería del colegio de Bastian antes de encontrar el libro de tapas de seda color cobre y conocer a Atreyu y la Emperatriz. Muy parecida a la Historia Interminable era la mía; aunque sin mundos fantásticos paralelos, también suponía un “eterno retorno”

A la edad de siete años y recién entrado el verano, mi abuela, después de volver de Mi Piel, subió conmigo al desván, cosa que no hacía muy a menudo. “¿Te gusta el cine, Clara?”. Las viejas escaleras crujían siempre que las pisabas, aunque lo hiciera una niña de poco más de 20 kilos. Nunca olvidaré aquella caja verde que desempolvamos con un par de soplidos. El viejo proyector del abuelo. Aquí empezaba mi propia Historia Interminable y, también, las tardes de cine antiguo. 

Transcurrieron los años y, primero sola o con mi abuela en ocasiones; más tarde compartiendo butaca con mi amiga Marina, fueron muchas las historias y películas que pasaron por aquella sábana blanca, colgada muy ‘apañada’ de una de las paredes del desván. Me encantaba creerme protagonista de una de esas películas de los años 50, el famoso cine negro con finales inesperados y personajes de cuestionada moralidad. En aquella Muy Ilustre Villa, en el desván de una casa de tres pisos, con una sábana en la pared y un viejo proyector, conocí, entre bambalinas, a Grace Kelly, mi actriz preferida. Estrella de Hollywood de su tiempo y princesa después, porque no podía ser de otra manera. 

A Marina y a mi nos fascinaba verla actuar, bien fuera en blanco y negro o con esa típica tonalidad vintage de la época; pero no solo eso. También lo que había sido su vida, su historia de amor y corona, sus fiestas, sus galas… Y a Marina -su gusto por la moda nació antes que el mío- su estilo, sus vestidos midi, sus peinados, diademas y turbantes; sus zapatos de piel y tacón bajo; sus bolsos… Ojalá un día yo tenga un Hermés”. Probablemente fantaseaba entonces con aquel 1956, cuando Grace apareció con ese bolso que le comenzaba a hacer la guerra a los clásicos clutchs. Un bolso para mujer con correas, con un diseño en forma de trapecio, dos fuelles triangulares, una solapa recortada, un asa y dos correas que, en aquel entonces, posicionaba a la casa Hermès en la era del atrevimiento y del modernismo.

Si algo le gustaba a Marina cuando éramos pequeñas, además de corretear por el desván de mis abuelos siendo la actriz de la actriz, era venir conmigo a Mi Piel y probarse cada artículo disponible. Esto no era solamente cosa de la edad, como diría mi madre; sino que la costumbre se prolongó muchos años. ¿Hasta el día de hoy? Sí. Una vez, no hace tanto, la encontré con aquel bolso Shopper de Pepe Jeans. Sin decir nada, pasé varios minutos mirándola -gracias a Dios no había ningún cliente en ese momento-. Llevaba un vestido de lunares, de corte midi al estilo Grace. Aquel bolso burdeos con asa y bandolera tricolor, bolsillo frontal y otro en la parte de atrás, era un modelo muy Kelly. Yo siempre terminaba uniéndome a la escena, hasta que algún cliente, o mi madre, nos pillaba con ese o con algún otro bolso como el Hobo Noco encima, en marrón chocolate y con esa textura suave, creyéndonos princesas en pleno Mónaco. O con el Bowling Noco, de cocodrilo charol, elegante y estiloso; uno de los modelos de bolso preferidos de la actriz.

Y así pasó. Un martes de un año no muy atrás -vergonzosamente- un cliente nos pilló en pleno guión; bolso en mano y guantes de piel de Isotoner como el complemento ideal de una escena perfecta de ‘El Cisne’. Seguramente Charles Vidor estuviera muy orgulloso de nuestra interpretación; pero la cara de perplejidad del hombre que acaba de entrar en Mi Piel era digna de ver; y nosotras dignas de admiración. Yo misma le atendí. Recuerdo que se llevó un billetero Landó marrón.

“¿Grace Kelly, verdad? Una musa de Hollywood que estuvo en Segovia en la primavera del 59… ¿Os la imagináis caminando con su vestido de cuadros de manga corta por El Alcázar? Por cierto, ¿sabéis si hoy está abierto?”

1 comentario en “Un cine en el desván o cómo enamorarte de un bolso

  1. […] abuelos es un cofre del tesoro ilimitado. Recuerdo, no hace tanto tiempo, en una tarde de esas de proyector y cine en blanco y negro, y en un alarte de imitación de nuestra Grace Kelly, Marina se tropezó con una caja medio mal […]

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