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Viaje a Zahara de los Atunes

Viaje a Zahara de los atunes en Tienda mi Piel

En nuestra primera escapada post Covid hubo mucho de Atún de Almadraba, palmas en el atardecer y un Instagram renovado. Volvimos a Segovia un poco más hippies.

¡Cómo le gusta al tiempo correr! Te adelanta por la derecha, sin normas, sin señales, ni intermitentes, ni un mínimo frenazo. Muchas veces pienso: “Voy a exprimir este momento para que dure hasta que me aburra”. No sé al resto, pero a mi esto nunca me sale. Miro hacia atrás y me parece que fue hace años cuando nos tocó pasar por ese confinamiento imprevisto que nos estuvo haciendo aprender a poner pañoletas dos meses. “El lazo por aquí, ¡no por ahí!”. Marina, comandante. Siempre les decía a mis amigas: “Cuando esto pase, voy a estrujar el tiempo como si fuera una esponja, a vivir cada momento como si fuera el último, a hacer que dure, a hacerlo bonito”. Clara, la romántica.

Bueno, esta vez no había empezado mal. A la semana siguiente de decirle a Sofía si recordaba aquel plan que teníamos pensado para hacer el mayo pasado -antes de las interminables catastróficas desdichas-, ahí estábamos las dos: Mochilas gemelas de Pepe Jeans Vegan a la espalda, yo estrenando mi maleta de Pepe Jeans Glasgow azul claro, con esas gafas que ya había pronosticado comprar: las redondas de Cuatrogotas, que según Marina son “so cool”. Sofía, armada con su maleta El Potro Ocuri Nude y las gafas más fashion de Cuatrogotas. Mi Polo azul celeste ya estaba preparado para rodar. “Clara, el aceite. Clara, mira la presión de las ruedas”. Mi padre, el previsor. 

Tardamos en llegar a Zahara de los Atunes, lo que se tarda en llegar a Zahara de los Atunes. Las primeras seis horas fueron maravillosas. Nos metimos en el Pen los últimos “hit”: que si un poco de Rock y “Lady Madrid”, que si un poco de Pop y la ‘Chica de Ayer’, que si mucho de Reggaeton y así ‘tu me dejaste de querer’; y cómo no, algo de internacional y mucho de “sorry, sorry”. Entre recuerdos, risas, cantos y algún que otro ‘baile en asiento’ de Sofía -cuando ella no conducía-, se nos pasó volando. Pues eso, que al tiempo le gusta correr. Las últimas horas ya fueron otra historia…

Habíamos alquilado un apartamento en el pueblo. Pequeño pero muy acogedor. ¡Menudo ambientazo se veía por aquella ventana! Ver gente sonreír de nuevo -sé que sonríen porque se les achinan y cierran los ojos, una pena que aún no se puedan ver los labios arquearse-, ser más de los que eran, incluso estar un poquito más cerca, no dejaba de alegrarme. Me hacía sentir nuevamente viva. Esa noche habíamos reservado mesa en El Campero de Barbate, un lugar que nos había recomendado Sandra. No tengo ni idea de cuándo había estado allí. 

Nos pusimos nuestras mejores galas, no solo por el lugar, que bien lo merecía, sino por la emoción del primer día. Esa sensación que te recorre el cuerpo el día uno de vacaciones. Eso sí que son mariposas, y no lo del chico rubio surfista de mis sueños. Sofía llevaba un vestido blanco con lunares amarillos y un bolso blanco precioso de Noco Complementos. Yo un vestido largo de tirantes y espalda al aire, con un bolso bandolera también de Noco Complementos.Es muy tú”, me decía siempre Sofía. ¿Qué sería ser muy yo?

Nos dimos un buen homenaje, digno de nuestra primera escapada post covid. Pedimos un ‘Susurro de los atunes’, -solo por el nombre ya merecía la pena saber qué era aquello- maridado con buen vino blanco y muchas ganas de que la noche continuara. ¿Cuánto hacía que no pisaba la arena? ¿Que no bailaba ‘libremente’ al ritmo del viento? ¿Que no me caía en el suelo y me quedaba mirando las estrellas? Fue una noche maravillosa, de lo más simple del mundo, pero maravillosa. 

Estuvimos una semana de playa en playa por la Costa de la Luz. Desde Los Alemanes, donde nos hartamos de rebozarnos en esa arena fina y dorada; hasta la de Atlanterra donde, además de posar, en un montón de posiciones frente al búnker de los `40, conocimos todos y cada uno de sus chiringuitos. Nos encantaba ponernos en modo ‘chill out’, mojito en mano hasta el atardecer, escuchando conciertos en directo, palmas y bailes con vestidos de lunares. Mi Instagram volvía a llenarse de color, de stories de tonterías y de reels saltando olas. “Sácame de lado, que se vea la Bandolera de Rosme”, “Mirando al horizonte Clara”, “Sofía, aquí, de espaldas con la Mochila de de Pepe Jeans Vega Coral que le quiero enviar la foto a mi madre”... Me la había regalado antes del viaje.

Dedicamos tres días para recorrer otras zonas espectaculares de Cádiz. El ambiente hippie de Caños de Meca -donde me hubiera quedado a vivir y donde…bueno, me pareció ver al rubio surfero-, la playa de Valdevaqueros, que días más tarde leí que fue seleccionada como la mejor de España; Tarifa y su viento, sus velas, sus windsurf, sus olas, su kitesurf… “No podéis iros sin ir a Vejer de la Frontera, Clara”, me decía mi madre en la llamada diaria -el fichar diario, le llamo yo-. Así que allí nos plantamos. “Haz caso siempre a tu madre”, me decía la voz de la conciencia cuando vi aquel maravilloso pueblo blanco andaluz: la perla blanca de la costa gaditana. 

De atún en atún y de retinto en retinto, nos pasamos las comidas y las cenas. Nos gusta comer, de eso no hay duda. ¿Qué sería de un viaje sin sus sabores? ¡Me comería Cádiz al completo! Cada calle, a cualquier hora del día; cada rincón, da igual el momento, huele a “pescaíto frito”, a ortiguillas… ¡a mar!

Pisar la arena fría del atardecer, dejarte enredar con esa brisa que a veces se vuelve, incluso, un poco más traviesa de lo normal. “Te quedarían mejor las gafas mariposa de Cuatro Gotas”. Así era Sofía, capaz de terminar con cualquier momento romántico en el momento menos pensado. “¿Qué dices?” “Pues eso, que te quedarían mejor las gafas mariposa de Cuatro Gotas. Por la forma de tu cara”. “No estoy de acuerdo”. “Es así”. Ella, la sentencia. 

“Sofía… convoquemos al consejo de sabias”. 

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Florencia: moda, arte, cultura y mucho más que contar

Foto de Florencia

Fue nuestro último viaje hasta el día de hoy y por aquel entonces era 2019. Rascamos el hocico de un jabalí, así que planeamos volver pronto a comer gelato italiano

“Un cucurucho con dos bolas de vainilla, por favor”. Puede que fuera otoño, pero el helado florentino entraba bien en cualquier época del año. Aquel era especialmente cremoso y aunque te sintieras orgullosa de tu propio cono congelato, las envidias me afloraban al ver la coppetta de chocolate de Sofía o el sorbete de frutas de Emma. Marina, que siempre había sido la gran transgresora, se lanzó a por el de queso de cabra. “¡Pregunta! ¿Quién inventó el gelato?”. Sofía solía tardar nada y menos en responder a cualquier cuestión que fuera un poco ‘cultureta’. “Bernardo algo”. “¿Ese no era algo de los Médicis?”. Emma la solía complementar a la perfección en estos temas. Bernardo Buontalenti. Fue un arquitecto e ingeniero militar al servicio, efectivamente, de los Médicis”, sentenció Marina. 

Tomarnos un helado florentino fue lo primero que hicimos en la ciudad. Habíamos elegido la capital de la Toscana en este viaje de 2019 por lo variopinto de su contenido y lo variopinto del equipo que habíamos formado. A Marina le encantaba la moda y aunque fuera Milán la meca de las pasarelas, de las tendencias, de lo fashion y de lo más it del momento, “¿tiene algo que envidiarle Florencia? Os recuerdo que aquí nacieron marcas como Gucci o Cavalli”. Ella estaba hecha para esa elegancia ‘Made in Italy’. Hasta sus andares se habían transformado en los ligeros pasos en tacones encima de una pasarela. Con su Bandolera Pepe Jeans Vega Coral, comprada hacía tres días en Mi Piel y recién estrenada ahora en la Via de Tornabuoni, parecía una auténtica florentina hecha por la propia ciudad, mimetizada en el esplendor de los escaparates de Via della Vigna Nuova. Había recibido, incluso, algún “fio, fio” de más de un italiano de peliculeros ojos verdes…

“Sí, por supuesto. ¿Cuándo? ¿El mes que viene? ¿La semana que viene?” Florencia era su sitio. Sofía estaba siempre más que dispuesta a visitar cualquier museo o exposición, sea del ámbito que fuera, entendiera de ello más o menos. Cómo iba a decir que no a la capital del Renacimiento. Todavía recuerdo la sensación casi extraña de pasear por sus calles. Hacerlo era como entrar en una inmensa galería de arte al aire libre; además de en el hogar de muchos personajes ilustres e importantes del devenir de la historia de Italia -y también del mundo-. “¿Sabíais que Leonardo era disléxico, vegetariano y que fue acusado de sodomía? A puntito estuvo de vérselas con las Inquisición”. Era uno de los personajes más curiosos de los que Sofía solía hablar siempre. Este año se celebraba, además, el año de Leonardo Da Vinci, el quinto centenario de su muerte. Encontramos exposiciones, actividades y eventos culturales por todos sitios. “¡No nos vayamos nunca de aquí!” El autor de la Gioconda era el arquetipo de hombre de Renacimiento, un ‘visionario’ del que Sofía no podía dejar de disfrutar en su museo, en el corazón de Florencia. No sé si estaba más ojiplática aquí, o cuando tuvo delante al mismísimo David de Miguel Ángel. Recuerdo que le di un tirón a su inseparable Bandolera de Pepe Jeans Vegan y prácticamente ni se inmutó. 

Emma casi siempre hace de guía. Es la típica persona que se prepara un dossier previo a un viaje con todos los detalles, con lugares turísticos, con sitios para desayunar, comer y cenar -también merendar-; pero hay otra cosa que hace muy bien. Leerse, como buena carnívora literaria, las historias menos pensadas y más escondidas de allá donde vamos. “Uno de los libros infantiles más populares de todos los tiempos se escribió en Florencia… ¿Sabéis cual?” El Sol caía sobre el Ponte Vecchio, uno de los puentes más famosos del mundo. Una postal espectacular para jugar a las adivinanzas. “¡Pinocho! Lo escribió Carlo Collodi!” Recordar uno de los relatos más populares y conocidos del mundo frente al puente de piedra más antiguo de Europa fue uno dei momenti più speciali de aquella tarde. Recorrer cada lugar de Florencia suponía un espectáculo. Desde allí, caminamos hasta la Piazza del Duomo. Cada vez que nos acercabamos a aquella Catedral un escalofrío te recorría el cuerpo de arriba abajo. Su descomunal presencia te helaba la sangre. “En el Duomo, si os fijáis allí arriba, podréis ver una gárgola un poco peculiar. ¡Es un toro! Un día leí que cerca de aquí vivía un hombre cuya mujer le era infiel con un chico que ayudaba con la decoración de la Catedral. El cachondo decidió elaborar la estatua de un toro y ponerla como gárgola justo en dirección de la casa del hombre…cornudo y troleado”

Se sacó la tablet de su Mochila Portaordenador Pepe Jeans Sail, y buscó la dirección de la Fuente del Porcellino. No necesitabas guía turístico con Emma en el equipo de viaje. Casi siempre nos quedábamos cortas de días en nuestras escapadas. “Un día más, un día más”, pensaba normalmente la última tarde de aventura. Ojalá que tocarle el hocico a aquel pequeño jabalí en la Fuente del Porcellino nos permitiera volver pronto. Lo que no sabíamos entonces es que nos iba a caer una buena pandemia poco después y que mi Juego de maletas Pepe Jeans Malila se iba a quedar en casa por un largo tiempo…

Hablando de ese largo tiempo… Si para algo nos sirvió a las cuatro fue para aprender, con Marina de maestra, a ponernos pañuelos de seda en la cabeza como auténticas influencers y fashionistas confinadas. El estilo pirata había llegado a nuestras vidas…

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“Maravillada” entre monumentos hechos de montaña

Covadonga, en Asturias

Mis padres y yo emprendíamos viaje a Covadonga, un lugar hecho de montaña. Una escapada de 3 minutos delante del Alcázar de Segovia

Siempre he sido la fantástica de la familia. Una mezcla entre la sutileza mágica de J.K. Rowling, la epopeya imaginaria de J.R.R Tolkien y sus ‘tierras medias’ y el afán descubridor de mundos de C.S Lewis. Y como tal, quedarme embobada mirando a la nada, fantaseando con una historia o un recuerdo -ligeramente exagerado- es parte indivisible de mi forma de ser. “Déjala, ha entrado en trance”. Eso suele decir mi padre al menos cuatro veces a la semana. Yo siempre le digo que prefiero llamarlo “estar maravillada”. 

Aquella tarde en la Pradera de San Marcos, frente al Alcázar de Segovia y la suerte de puesta de Sol que nos había tocado, volví a coger billetes quiméricos a un lugar que, por alguna u otra percepción, el Alcázar, situado en lo alto de aquella colina, me había recordado. Tal vez por su magnificencia o por esa manera de levantarse hacia el cielo. A mi padre siempre le ha gustado contarme historias épicas -tal vez tenga cierta culpa de ese “trance” del que habla-. La leyenda del rey Arturo o la de Beowulf; o en aquel viaje camino a Asturias, la del rey Don Pelayo y la batalla de Covadonga. 

Aún hoy tengo dudas si soy más rural o cosmopolita. Me encanta creerme Serena van der Woodsen paseando con mi Bowling Noco de cocodrilo Charol por el Upper East Side, sacando mi monedero Noco acharolado para pagar ese cocktail en The Empire Hotel Bar, mirando a Manhattan. Sin embargo, también me gusta sentir la paz de un lugar tranquilo, rodeado de naturaleza y aire -del de verdad-, donde nadie sea un extraño. Beber de sus manantiales, sentarme en su campo y respirar vida, como si fuera por un momento ‘la niña de los Alpes’. 

En Asturias no era complicado sentirse así. Llegamos un viernes por la mañana. De esto hace ya unos cuantos años, no más de 16 pesaban sobre mi. A mi hermana con sus recién 19 cumplidos no se le podía ni plantear la opción de subirse a un coche con maletas y padres -era su momento de primera independencia-. Medio llovía. Digo medio porque no era lluvia del todo. Allí lo llaman orvallo; pero a mi me bastaba para sacar mi paraguas azul Cacharel con topos amarillos. La niebla de primera hora se fue diluyendo a lo largo que pasaba la mañana dejándose ver poco a poco aquella maravilla. Nunca había estado en un sitio tan verde y frondoso. Robles, hayas, castaños, abedules. Aquello era el paradigma de la naturaleza.

Del Alcázar de Segovia había pasado a la mismísima Basílica de Covadonga. Recuerdo aquella carretera serpenteante entre montañas. Los árboles apenas te dejaban ver el cielo, el trayecto se bloqueaba en ocasiones por el paso de una vaca que campaba a sus anchas haciendo del asfalto su territorio. Me sentía completamente fuera de la realidad -un estado en el que me encantaba y encanta estar-. “Entre leyenda e historia”, decía mi padre según nos acercábamos a aquel monumental templo suspendido entre montañas -de hecho, de su propia piedra está hecha-. Aquel lugar era como una ‘matrioska’. Un secreto escondido que encierra muchos otros. 

«Pelayo, huyendo de una patrulla musulmana, remonta el valle fluvial hasta su final en el monte Auseva y se refugia en el entorno de la cueva natural, la cova dominica o Covadonga«. Mi padre seguía contando aquella gesta mientras paseábamos por el Parque del Príncipe, a los pies de la Cueva de la “Santina”. ¡Menudo jardín del Edén! Recuerdo una espectacular cascada en los aledaños del gran risco en el que se ubica la Basílica, además de preciosas fuentes y edificios “de gran valor arquitectónico”, decía. Justo debajo de la Cueva hay un pozo con el suelo brillante, lleno de monedas y supongo que de deseos. Y justo a su lado una fuente de siete caños. “La virgen de Covadonga tiene una fuente muy clara. La niña que de ella bebe dentro del año se casa”. Así decía su leyenda; pero yo bebí tranquila. 

“Clara, es tarde”. Sandra me daba un codazo. Había anochecido y era hora de recoger aquel picnic improvisado en la Pradera de San Marcos. Mi cabeza acaba de llegar entonces a los Lagos de Covadonga. Enol, de color verde esmeralda, y Ercina. En mi momentánea escapada a aquel Mirador de la Reina lo había decidido: “voy a volver muy pronto”. Para Sandra y Adriana habían pasado tres minutos. Para mi todo un viaje con maletas, excursiones y pernoctaciones incluidas. 

Hace fresco; pero no tanto frío como el que este invierno nos había traído, y el abrigo ya me pesaba. En realidad, no falta tanto para que comience la primavera. “¿Sandra, recuerdas la gabardina que me dejé en tu casa? Mañana me pasaré a buscarla”.

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Entre vinos, castañas y rabelos

Reloj de la estación de tren de Oporto

Aquel viaje a Oporto fue, además, un recuerdo del de hace años. Esta vez solamente íbamos mi hermana Sandra y yo; una con su vieja maleta, la otra con su nueva Movom Riga.

Aún recuerdo el último viaje a Oporto cuando Sandra se propasó con los vinos de Vila Nova de Gaia. Empezamos con una visita, en principio muy didáctica, en la Bodega Sandeman. Hasta ahí todo bien. Seguimos con un blanquito y otro tinto; y así. Venga y dale, que si aguardiente, que si otro dulce como una gominola. “Hermana este sabe como el jerez español”. Por aquel entonces Sandra no estaba ni casada, ni emparentada ni mucho menos con una niña de 5 años en casa 24/7; que si pandemia, que si nieve. Y le gustaba disfrutar de un buen vino, sobre todo los jueves. “¡Vámonos de vinos a La Calle de los Bares!” Se sabía todas las de Segovia; pero esta era de sus Top3. Siempre había sido una persona social, mucho más que yo; extrovertida y también divertida. 

Habíamos planeado aquel viaje a Oporto en Mi Piel, en un momento de poca afluencia en la tienda. Felipe nos acababa de traer nuevas maletas de Movom Riga, preciosas, de color turquesa. Eso sí que fue amor a primera vista. Recuerdo que venían a juego con un neceser con espejo, varios compartimentos, una banda trasera para adaptarlo al carro o llevarlo enganchado a la maleta y un montón de maneras de llevarlo: al hombro, con la bandolera ajustable o adaptado al trolley con la banda trasera. Me tenía enamorada; pero el cumpleaños de Sandra no era mucho más tarde. 

Volviendo a Oporto. Llegamos al Aeropuerto de Oporto-Francisco Sá Carneiro, yo con mi vieja maleta llena de pegatinas y Sandra con su recién estrenada Movom Riga. Nuestro hotel, en pleno centro, era maravilloso. Allí me sentía como una actriz famosa, mirando la Ribeira del Douro en el balcón de mi habitación en el Hotel Moov Porto Centro, esperando la cena de gala con una copa de Wijion. “¡Espabila Clara!” Tras esa fachada Art Decó de 1930, antes había existido un cine, y no cualquier cine, sino uno de los mejores de la época: Águia D´Ouro Cinema. 

Estábamos en la misma Plaza Batalha junto a la iglesia de San Ildefonso y la Estación de São Bento. ¡Fascinada estaba de ese lugar! Habíamos visitado ya unas cuantas estaciones de tren europeas, pero sin duda esta era la más genuina de todas. Había pasado de sentirme una actriz a una mujer portuguesa de 1916 entrando por ese hall cubierto de azulejos que repasaban la historia del país; comprando mis billetes de tren a Costa Nova y subiéndome en uno de esos trenes del siglo XX. Mi madre era una apasionada de las estaciones de tren.

Ese día estaría en Mi Piel y yo iba a darle bastante envidia con aquel selfie. La última vez que ella estuvo en Oporto yo tenía 3 años y Sandra 6. Tal vez sea cosa de las fotografías de ese viaje, pero tengo la sensación de acordarme de cuando nos subimos en aquel rabelo por el Duero y pasamos bajo el Puente de Luis I. 

Si algún adjetivo tengo que ponerle a Oporto ese es idílico. Puestos de comida callejera en calles por las que parece no ha pasado el tiempo; otros de artesanía, pintura y cuadros colgados por muchas de sus fachadas, mercados a la antigua usanza, como el de Bolhao; olor a castañas asadas… A Sandra la volvían loca y las comía con tanta ansia que siempre, siempre se atragantaba. Así pasó, esperando en la cola de la librería Livraria Lello. No me iba a ir yo de Oporto sin entrar ahí dentro, como apasionada de los libros y la lectura que soy. Puedo quedarme horas leyendo en cualquier sitio perdiendo toda noción del tiempo. Ojalá haber sido yo una J.K. Rowling.

Tras subir a la Torre de los Clérigos -unas cuantas escaleras después de unas cuantas cuestas, porque si algo hay también en Oporto, son cuestas-, como buenas amantes de la moda y sus complementos, nos pasamos por la Rua de Santa Catarina. Tiendas por aquí, tiendas por allá, un lugar donde perder el sentido. Que si antes me sentía una actriz y más tarde una mujer de los años 20, ahora era Vivian Ward en su versión portuguesa, pero sacando mi propia cartera Landó roja.

Oporto es una ciudad fascinante para los amantes del Séptimo Arte. Difícilmente, para alguien como yo que ya había empezado este viaje en un viejo cine, era no imaginarme historias en esta ciudad, convirtiéndome en un sinfín de personajes diferentes. Hablando de eso, Grace Kelly siempre ha sido una de mis actrices preferidas y gracias a ella me enamoré… de un bolso. 

“Última llamada con destino Madrid”. Eran las 20.00 horas. Mi vieja maleta y su ya no tan nueva Movom Riga ponían rumbo a casa.