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Blancanieves también estuvo en Segovia

La Tienda Mi Piel se situa muy cerca del Alcázar de Segovia.

Allá fuimos. Un sábado de febrero en mitad de Carnaval, devolvimos a Blancanieves a su viejo castillo. Walt Disney tuvo un ojo exquisito a la hora de elegir palacio.

Sábado por la tarde. A veces pienso si tener un día de la semana preferido, como si fuera un color o un número, es demasiado infantil. Hablar de tu trío de la suerte; color, verde; número, once; día, sábado es, tal vez, un síntoma de superstición descontrolada. Sobre todo si hablas con y entre adultos, cosa que yo también soy. Por eso suelo nombrar solamente número y color; pero dejo fuera el tercer elemento, para no parecer Truman Capote. 

En Mi Piel trabajamos hasta las 14.30 los sábados. Hoy, a primera hora, Elena ha venido a traerme una caja de Moscovitas para sortear en nuestras redes sociales junto a una cartera Landó de hombre y mujer. Ella es dueña, junto a Javier, de otro comercio local, muy próximo al nuestro: Suprême Delicatessen. Mi madre suele ir allí muy a menudo, y no hay día que no se pase, que no me traiga una cajita gourmet de filetes de anchoa. Mi pequeño balcón, la vieja silla de mimbre, una copa de Erre de Herrero, el plato de flores azules de la cubertería de la abuela con anchoas y el libro de turno. El mediodía perfecto. 

El día de hoy en Segovia es espectacular. Por un momento he conseguido olvidarme del invierno y pasar, en mitad de febrero, directamente a la primavera. El Sol da de pleno en la Plaza Mayor y las cafeterías y restaurantes comienzan a rebosar -rebosar al 50%-. He quedado en el templete con mi hermana y la niña, como la mayoría de los sábados por la tarde. “¡Sábado de chicas!” Siempre viene gritando lo mismo. Es una especie de mantra que Adriana tiene asumida desde que simplemente barbullaba sonidos. Para ella es aceptable decir que el sábado es su día preferido de la semana. Creo que lo es para las tres, aunque dos lo mantengamos en secreto. 

Me encanta pensar que somos un poco las ‘Mujercitas’ de Segovia, aunque en este caso solo seamos tres. Por un momento me vuelvo Louisa May Alcott reescribiendo su ‘Little Women’. Veo a Adriana como a Amy, tan rubia como ella, con sus mismos ojos azules; y con una pasión innata por la pintura -o los garabatos-. A veces con algún toque de Beth, por su timidez. Sandra es Margaret, la mayor y responsable. Y Jo… Bueno, me gusta pensar que yo soy Jo. 

A Adriana le gusta disfrazarse. Lleva un par de años -desde que medianamente puede- alargando el Carnaval todo lo permitido y este año le habíamos dado aún más motivos. Este sábado tenía una misión: “Vas a ser Blancanieves por un día”. Y con estas, apareció. “¡Sábado de chicas!” Faldón amarillo, corsé -camiseta- azul y una capa roja que a saber de dónde había salido. Una Blancanieves rubia corriendo hacia mí. De su estrecho cinturón rojo colgaba un monedero-riñonera de Noco Complementos, lo último que había llegado a Mi Piel y del que Sandra se había enamorado; aunque ahora una diminuta princesa se lo había agenciado.

En este ‘Sábado de chicas’, tocaba visitar el castillo de Blancanieves. Así se lo habíamos prometido y no era ninguna mentira. Walt Disney había tenido un gusto exquisito al diseñar el palacio de una de sus musas. Situado frente a un acantilado y con torres circulares que se elevan al cielo, el Alcázar de Segovia había servido de inspiración para dibujar en su momento el viejo castillo de Blancanieves. Adriana no había estado allí aún. Tal vez habíamos reservado este momento para cuando ella misma pudiera imaginarse en su propio cuento de hadas. “El poder de mejorar las cosas está en uno mismo”, decía Blancanieves. 

Aquel cerro imponente fue su primer encuentro con la fantasía más inocente. El Alcázar es capaz de impresionar a cualquiera, también a mi, aunque lo haya visitado un número incontable de veces. Cuando llegas allí te cuesta distinguir entre estar en un cuento de los Hermanos Grimm o en un galeón surcando los mares, por su forma de proa de barco incrustado en lo alto de una roca. Y aunque en su momento fue fortaleza, prisión estatal, centro de artillería o academia militar, Adriana -también yo, seguramente Sandra- nos quedamos con su versión de palacio real. Por el Patio de Armas, por el Patio del Reloj… Curioso era ver a una pequeña Blancanieves corretear entre la Torre de Juan II y la del Homenaje. 

Qué poco duran los días preferidos. En la Pradera de San Marcos, con una de las mejores vistas del Alcázar, sacamos el mantel de cuadros vichy para desplegar la merienda del sábado. Los bocadillos los había hecho yo esta mañana antes de empezar turno en Mi Piel; la botella de vino la había ido a coger Sandra antes de llegar a la pradera. La puesta de Sol había venido sola. Adriana estaba ojiplática mirando el Alcázar justo a sus pies. Casi siempre, y si el tiempo lo permitía, acabábamos el día de picnic en algún mirador de la zona. Por allí, son muchas las familias que van con sus hijos a pasar una tarde especial. 

A unos metros, estaba mi vecina con su marido. Ella era de Asturias… Ahora que lo recuerdo… En Asturias hay también un lugar, en lo alto, escondido entre montañas que bien podría ser escenario de otra gran historia épica…