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“Maravillada” entre monumentos hechos de montaña

Covadonga, en Asturias

Mis padres y yo emprendíamos viaje a Covadonga, un lugar hecho de montaña. Una escapada de 3 minutos delante del Alcázar de Segovia

Siempre he sido la fantástica de la familia. Una mezcla entre la sutileza mágica de J.K. Rowling, la epopeya imaginaria de J.R.R Tolkien y sus ‘tierras medias’ y el afán descubridor de mundos de C.S Lewis. Y como tal, quedarme embobada mirando a la nada, fantaseando con una historia o un recuerdo -ligeramente exagerado- es parte indivisible de mi forma de ser. “Déjala, ha entrado en trance”. Eso suele decir mi padre al menos cuatro veces a la semana. Yo siempre le digo que prefiero llamarlo “estar maravillada”. 

Aquella tarde en la Pradera de San Marcos, frente al Alcázar de Segovia y la suerte de puesta de Sol que nos había tocado, volví a coger billetes quiméricos a un lugar que, por alguna u otra percepción, el Alcázar, situado en lo alto de aquella colina, me había recordado. Tal vez por su magnificencia o por esa manera de levantarse hacia el cielo. A mi padre siempre le ha gustado contarme historias épicas -tal vez tenga cierta culpa de ese “trance” del que habla-. La leyenda del rey Arturo o la de Beowulf; o en aquel viaje camino a Asturias, la del rey Don Pelayo y la batalla de Covadonga. 

Aún hoy tengo dudas si soy más rural o cosmopolita. Me encanta creerme Serena van der Woodsen paseando con mi Bowling Noco de cocodrilo Charol por el Upper East Side, sacando mi monedero Noco acharolado para pagar ese cocktail en The Empire Hotel Bar, mirando a Manhattan. Sin embargo, también me gusta sentir la paz de un lugar tranquilo, rodeado de naturaleza y aire -del de verdad-, donde nadie sea un extraño. Beber de sus manantiales, sentarme en su campo y respirar vida, como si fuera por un momento ‘la niña de los Alpes’. 

En Asturias no era complicado sentirse así. Llegamos un viernes por la mañana. De esto hace ya unos cuantos años, no más de 16 pesaban sobre mi. A mi hermana con sus recién 19 cumplidos no se le podía ni plantear la opción de subirse a un coche con maletas y padres -era su momento de primera independencia-. Medio llovía. Digo medio porque no era lluvia del todo. Allí lo llaman orvallo; pero a mi me bastaba para sacar mi paraguas azul Cacharel con topos amarillos. La niebla de primera hora se fue diluyendo a lo largo que pasaba la mañana dejándose ver poco a poco aquella maravilla. Nunca había estado en un sitio tan verde y frondoso. Robles, hayas, castaños, abedules. Aquello era el paradigma de la naturaleza.

Del Alcázar de Segovia había pasado a la mismísima Basílica de Covadonga. Recuerdo aquella carretera serpenteante entre montañas. Los árboles apenas te dejaban ver el cielo, el trayecto se bloqueaba en ocasiones por el paso de una vaca que campaba a sus anchas haciendo del asfalto su territorio. Me sentía completamente fuera de la realidad -un estado en el que me encantaba y encanta estar-. “Entre leyenda e historia”, decía mi padre según nos acercábamos a aquel monumental templo suspendido entre montañas -de hecho, de su propia piedra está hecha-. Aquel lugar era como una ‘matrioska’. Un secreto escondido que encierra muchos otros. 

«Pelayo, huyendo de una patrulla musulmana, remonta el valle fluvial hasta su final en el monte Auseva y se refugia en el entorno de la cueva natural, la cova dominica o Covadonga«. Mi padre seguía contando aquella gesta mientras paseábamos por el Parque del Príncipe, a los pies de la Cueva de la “Santina”. ¡Menudo jardín del Edén! Recuerdo una espectacular cascada en los aledaños del gran risco en el que se ubica la Basílica, además de preciosas fuentes y edificios “de gran valor arquitectónico”, decía. Justo debajo de la Cueva hay un pozo con el suelo brillante, lleno de monedas y supongo que de deseos. Y justo a su lado una fuente de siete caños. “La virgen de Covadonga tiene una fuente muy clara. La niña que de ella bebe dentro del año se casa”. Así decía su leyenda; pero yo bebí tranquila. 

“Clara, es tarde”. Sandra me daba un codazo. Había anochecido y era hora de recoger aquel picnic improvisado en la Pradera de San Marcos. Mi cabeza acaba de llegar entonces a los Lagos de Covadonga. Enol, de color verde esmeralda, y Ercina. En mi momentánea escapada a aquel Mirador de la Reina lo había decidido: “voy a volver muy pronto”. Para Sandra y Adriana habían pasado tres minutos. Para mi todo un viaje con maletas, excursiones y pernoctaciones incluidas. 

Hace fresco; pero no tanto frío como el que este invierno nos había traído, y el abrigo ya me pesaba. En realidad, no falta tanto para que comience la primavera. “¿Sandra, recuerdas la gabardina que me dejé en tu casa? Mañana me pasaré a buscarla”.

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