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Un títere en Segovia

No sabía muchas cosas de las que debería saber. ¡Pero cómo puede ser, Clara! Me había convertido en un títere en mi propia ciudad. Un títere muy feliz.

Cuántas veces no habré pensado eso de “conozco tantos lugares -con prolongación larga en esa “a” de “tantos”, y no conozco bien dónde vivo yo”. Me siento tan tonta cuando viene algún forastero y me ilumina con cosas que debería saber y no sé, que me cuesta, en muchas ocasiones, reconocerlo. “Sí, sí, claro, precioso”. ¡Farsa!

Siempre he creído que me sé al dedillo cada rincón de Segovia, pero bastó la visita de mi prima María José -M.J. para los amigos- este verano para darme cuenta de lo deficiente de mi conocimiento. Siempre hemos sido uña y carne, desde pequeñas. Era la sobrina de mi madre y contaba con una única primavera más que yo. En los dos últimos años, vernos había sido misión imposible, como es el caso de otras tantas relaciones en el mundo, separadas por esa temible palabra del año 2020: confinamiento. “Llego a las 12.00 Clara. Me gustaría pasar por Mi Piel esta tarde. Como buena husmeadora que soy he echado el ojo a un par de cosas que he visto en vuestro Instagram y, por si fuera poco, tienen unos buenos descuentos especiales”. 

Esa tarde no fueron dos sus víctimas, sino tres: la Bandolera de Noco Complementos con líneas vintage, un bolso de la misma marca “para brillar”, como decía ella; y fuera de las ofertas, se enamoró “plenamente” del Maletín portaordenador de El Potro Chic, una de las nuevas incorporaciones a la Web de Mi Piel. “En marrón, a juego con el otoño”. Cómo no…

Habíamos reservado una visita guiada, una opción turística que lo estaba petando este verano en la ciudad. Habíamos elegido una temática que a M.J. le encantaba: “haciendo cábalas por la Judería”. Un recorrido por las estrellas y sinuosas calles del barrio hebreo, a través del rico legado cultural judío de Segovia. Visitamos el Centro Didáctico de la Judería, la Antigua Sinagoga Mayor y la Puerta de San Andrés, con unas vistas excepcionales para contemplar el Antiguo Cementerio Judío. 

He estado mirando rincones secretos de Segovia y he leído que La Casa de la Moneda es extraordinaria”. Nunca la había visitado. Sí, aquí empezaba una buena lista de lugares top de la ciudad que yo no conocía todavía. Primero fue este, un edificio de arquitectura industrial que conserva una pequeña joya: el Jardín del Rey, un íntimo rincón para el disfrute personal de Felipe II. Con su bandolera de Noco al hombro, M.J. era hoy la guía turística particular en mi propia ciudad. Seguimos nuestra visita por el Museo de marionetas sobre la Puerta de Santiago, paseando a través de La Muralla. “Hablando de Títeres, Clara. ¿Este fin de semana es Titirimundi, verdad?” ¡Se me había olvidado! Con tantos cambios de fecha en el último año… 

Festival Internacional de Teatro de Títeres de Segovia. Más de una veintena de compañías representan sus espectáculos en patios, salas, jardines y, también, en las calles de la ciudad. “¡Me encanta el teatro, Clara!” Ya lo sabía. “¿Vamos, vamos?” No iba a decirle que no, entre otras cosas porque no quería decirle que no. Titirimundi era espectacular. 

Fue el momento perfecto para que M.J estrenara su Bolso “brilli, brilli” de Noco Complementos, donde guardaba, entre otras cosas, pintalabios rojo y cartera de Pepe Jeans India que le había comprado mi madre en Mi Piel la pasada primavera. En nuestros últimos cumpleaños los regalos enviados por correo habían sido los protagonistas. Yo no perdí la oportunidad de complementar mi look con la nueva Bandolera El Potro Chic en azul marino. ¡Cómo me gustaba! En realidad todos los nuevos artículos de El Potro Chic eran preciosos. Mi madre y yo los habíamos elegido hacía tan solo unos días y estaban triunfando tanto en Segovia como en nuestra tienda online. Con las mismas, nos fuimos al Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, donde la compañía ‘Matita’ de Eslovenia presentaba su montaje ‘Little Night Tales’.

Fue un fin de semana maravilloso entre teatro y espectáculos-que volverían a Segovia en la primavera de 2022-, cultura y nuevos descubrimientos para mí de una ciudad que a simple vista puede parecer pequeña, pero que no tiene un solo lugar, calle o rincón sin algún secreto oculto de alguna época de la historia, más antigua o más moderna. ¡Había sido un títere en mi propia casa! 

Después de dejar a M.J. en la estación, corrí de nuevo a Mi Piel. Quería preparar un nuevo escaparate con lo último de El Potro para ese mismo lunes. Me encontré encima del mostrador un paquete que ponía: “Clara, pateate la ciudad. M.J.” Dentro, la Mochila Casual El Potro Chic negra. Toda una indirecta para salir a explorar y dejar de ser un títere.

Por cierto, M.J. sabía que había perdido mi mochila de aventuras el otoño anterior en mi viaje a Barcelona.

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Esta tienda huele a verano

Esta tienda huele a verano

Hacía mucho que no veía a un turista en Segovia. Eso me hizo soñar con Daiquiris y maletas de colores

Hoy llegan las nuevas maletas. Felipe, el repartidor, lleva un tiempo más puntual, algo que, siendo sincera conmigo misma, no sé si me acaba de gustar del todo. A veces te acostumbras a una cualidad o característica de alguien que, para bien, mal o regular, le hace tener su peculiar seña de identidad. Que Felipe llegue tarde -casi como un estilo de vida-, para mí, era la suya. Y ya lo había asumido, aceptado y… sí, me había llegado a hacer gracia. Siempre acelerado, apenas sin tiempo para intercambiar cuatro palabras que se salieran del normal “buenos días, ¿qué tal?”. Manejaba los repartos como si fueran una extensión de sí mismo. “Malabarista”, le llamo yo a veces. 

En Mi Piel nos encanta la primavera. Temperaturas justas, chaquetilla de repuesto, color aquí y allá, días largos; a las nubes les deja de pesar lo que contienen y el cielo se vuelve a veces azul lino, otras ceniza y en ocasiones provenzal. Además, esta primavera tenemos todavía más motivación que otras -mucha más que la anterior, eso seguro-. Este fin de semana, en nuestro “¡Día de chicas!” con mi hermana y la niña, una pareja jovencita se nos acercó para preguntarnos dónde podían encontrar la Oficina de Turismo. “Es la primera vez que venimos a Segovia. Estaremos hoy y mañana aquí y el lunes iremos a Ávila. Hemos aprovechado unos días de descanso y desconexión… Lo necesitábamos, ¿verdad Mateo?”. Me encanta la gente de Segovia, los buenos segovianos. Son -somos- personas amables, educadas, respetuosas a las que también les gusta compartir tiempo y risas en terrazas al sol; pero es cierto que tenía muchísimas ganas de ver nuevos rostros. Como antes.

Los viajeros están volviendo a circular después de un año de atasco. “Clara, vamos a mirar las nuevas colecciones. Hay que hacer los pedidos. ¡Color! Clara, este año con mucho color”. Mi madre es la madre más previsora del mundo. Le gusta tenerlo todo bajo control, hacer las cosas con tiempo y tener un margen para controlar que nada se le haya escapado. Además, le encantaba mirar catálogos y no como parte de un trabajo…¡Es que le chiflan! 

En los últimos meses he tenido incontables sueños con otros lugares. Había aviones, palmeras, mucha playa y algún que otro Daiquiri. En uno de los últimos, conocí a un chico rubio, típico surferillo de estos que a mi me hacen soñar. Creo que nos enamoramos, pero no recuerdo cómo ni de qué manera. Si algo tenía claro antes de hacer los pedidos para esta primavera-verano era que tenían que ser alegres, llamar a la aventura, incluso un poco atrevidos; contener un montón de ilusiones, de ganas. Hablar de viajes por sí mismos. Mis sueños me lo estaban diciendo desde hacía tiempo, por eso sé que ahora sí va a ir todo bien.

Las maletas para los más peques me hicieron muchísima ilusión. A veces nos olvidamos que ellos también vienen con nosotros y aunque su ropa sea minúscula hay que contar con el pantalón de repuesto y el repuesto del repuesto. Lo sé por experiencia. Mi sobrina Adriana tiene tres veces mi armario. Hoy han llegado las de Pepe Jeans Ava. Preciosas. Un estilo primaveral sobre fondo azul cielo. Justo lo que quería para esta temporada. Igual de maravillosas son las que pedimos la semana pasada. Las maletas Movom Flower Pot, una manera de llevar contigo la naturaleza a todas partes. “Ojalá hubiera tenido yo unas de estas cuando viajábamos con papá y mamá”. No deja de decir Sandra. Ahora, la que rodaría con ellas, seguro, sería Adriana. 

Yo tenía claro que este año iba a renovar el armario del viaje. Mi maleta era ya una maleta anciana, y este verano…me lo merecía. ¡Llevaba dos años sin viajar! Quería estrenarlo todo, maleta de Pepe Jeans Glasgow en azul claro, también gafas redondas de Cuatrogotas que este año se llevaban tanto, la bandolera con asa de colores de Noco Complementos, la funda móvil coco charol, que me encantaba…

Según abría las cajas de pedidos que Felipe me había dejado en la tienda, yo entraba en un bucle de plena seguridad: la alegría había venido para quedarse. ¡Qué gusto de artículos! Mi Piel rebosaba de color primaveral y olía ya a verano. La ensoñación se terminó cuando Sofía entró en la tienda. Terminó o, incluso, se intensificó… “Sofía, ya se donde vamos a sacar a pasear las mochilas de Pepe Jeans Vegan que nos regalamos en nuestros cumpleaños…¿Recuerdas el viaje que teníamos pensado en mayo del año pasado?

“¿Cuándo quieres que nos vayamos a Zahara, Clara?”

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La tienda online de las casualidades

Tienda online de Mi Piel en Segovia.

El confinamiento y todo un año de idas y venidas nos llevó a mezclar la tradición y la modernidad. Así llegó la tienda online a Mi Piel, y así pasó esto en mi cumpleaños…

Estamos a finales de marzo. La primavera ha asomado por Segovia, y cada día se deja ver algo menos tímida. Hay pocas cosas que me gusten más que el ambiente con el que se viste la Plaza Mayor cuando empieza a darle el Sol a media mañana. La risa de un niño por aquí, el llanto de otro que no quiere irse a casa por allá; una conversación más alta que las demás, el repartidor que llega hoy un poco tarde -y no es Felipe-, el tintineo de los vasos en las bandejas de un camarero…Y ahí es cuando me imagino ese café con hielo que empieza a apetecerme tanto cuando comienza el buen tiempo. Casi puedo oler ese tueste natural con el trastabilleo de los cubitos desde Mi Piel.

Hoy hemos comenzado bien temprano y, aunque mi madre disfruta ya del placer de la jubilación desde hace un par de años, allí apareció; cómo no, con su café recién hecho a primera hora. “Ay, hija. Me aburro en casa toda la mañana y necesitas un par de manos por aquí”. Estaba hasta arriba de encargos. Las ofertas especiales del Día del Padre no terminaban hasta el 31 de marzo y las ventas online no habían parado en los últimos días. Tal vez tuviera algo que ver eso de estar nosotros ‘encerrados’ en Segovia y el resto ‘encerrados’ de nosotros. Todavía recuerdo cuando mi abuela decía eso de “¡pero cómo que tienda online! Jose, ¿tú sabes cómo se atiende a los clientes en eso de la tienda online?” 

Mi padre se había mostrado también algo receloso al principio, de dar ese salto a la “modernidad”, como él decía. Yo lo entendía. Habían sido más de 30 años conociendo a cada cliente, hablando con ellos, preguntándoles por su vida, preguntándonos por la nuestra. Y de repente, el intruso online había venido a visitarnos… “¡Y menos mal!” se ha hartado desde entonces de decirle a sus compañeros del tute en cada polémico debate sobre la “situación del país”.  

En la tienda online tenemos muchos de los artículos que vendemos en Segovia: maletas, maletines, bolsos, mochilas, carteras, paraguas, neceseres… Y por fin podíamos llegar con ellos a cualquier parte del país, por mucho confinamiento que hubiera en medio. Incluso nos ha servido para vivir alguna que otra anécdota.

Mi amiga Sofía y yo cumplimos años el mismo día. El 30 de junio. El año pasado hacía poco y menos que habíamos estrenado la tienda online de Mi Piel y cómo no, yo tenía que probarla. No mentiré si digo que me hacía mucha ilusión pensar en cómo gente que no conozco, a través de Instagram o de Facebook, o por el boca a boca -algo que nunca pasa de moda-, miraba nuestro catálogo en silencio, de manera anónima. No era a lo que estaba acostumbrada y me encantaba pensar que había personas, que aunque yo no pudiera ver, estaban interesadas en todo lo que Mi Piel tenía, en todo en lo que llevaba tantos años trabajando. ¿Quién sería? ¿Cómo sería su cara? ¿Cómo su carácter? “Nuestra familia invisible”, le decía siempre a mi madre. 

Yo, por muy a mano que tuviera la tienda, no quería perder la oportunidad de estrenarme en ello. Así que, llegado el cumpleaños de Sofía, decidí comprarle la Mochila Portaordenador de Pepe Jeans Vegan. A ella le había encantado desde que la había visto en la tienda. “¡Clara! ¿Te has fijado que tiene un USB integrado”? En la página de Mi Piel había puesto su dirección, para que ese día llegara a su casa. Y así pasó. Una compra eficiente, rápida, que llegaba a su destino cuando quería, en un estado perfecto pero… ¡Ay los peros! 

Este “pero” tampoco era tan grave, aunque sí bastante casual. Ese día, mientras atendía a Amelia, una mujer del barrio y clienta habitual que, por cierto, siempre me había tratado con muchísimo cariño -la típica persona que tiene siempre una sonrisa y una buena frase para alegrarte el día-, había llegado a Mi Piel otro repartidor con un paquete para mi. Bueno, tampoco era muy extraño, al fin y al cabo, el 30 de junio era mi cumpleaños.

Amelia no tardó en irse. Recuerdo que ese día se había llevado un Neceser Movom Riga para ella y un paraguas Cacharel Estampado para su marido. Yo me apresuré entonces a abrir aquel paquete. La sorpresa vino cuando rasgué aquel cartón marrón en el que venía envuelto. ¡La Mochila Portaordenador Pepe Jeans Vegan! No venía sola, una nota inconfundible con olor a vainilla era el sello de Sofía: “¡Amiga! No podía dejar de estrenar vuestra tienda online este año para tu cumpleaños. Ya sabes cómo me gusta esta mochila, pero también sabes todo lo que te quiero. Tanto, tanto que voy a renunciar a ella para regalartela a ti. Espero que te guste y que algún día -muchos más que pocos- me la prestes”.

“Feliz cumpleaños, Sofía. ¡Cómo no iba a caerte la mochila por tus 34 cumpleaños! Será que no me has dado la lata con ella y qué mejor ocasión para estrenarme en mi propia tienda online. ¡Espero que pases un día precioso y salgas a dar tu primer paseo con la Pepe Jeans Vegan y tu USB integrado!” Esta había sido mi nota, sin olor a vainilla…

Vainilla… Recordar aquel olor me había llevado directa a Florencia. “Un cucurucho con dos bolas de vainilla, por favor”. 

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Blancanieves también estuvo en Segovia

La Tienda Mi Piel se situa muy cerca del Alcázar de Segovia.

Allá fuimos. Un sábado de febrero en mitad de Carnaval, devolvimos a Blancanieves a su viejo castillo. Walt Disney tuvo un ojo exquisito a la hora de elegir palacio.

Sábado por la tarde. A veces pienso si tener un día de la semana preferido, como si fuera un color o un número, es demasiado infantil. Hablar de tu trío de la suerte; color, verde; número, once; día, sábado es, tal vez, un síntoma de superstición descontrolada. Sobre todo si hablas con y entre adultos, cosa que yo también soy. Por eso suelo nombrar solamente número y color; pero dejo fuera el tercer elemento, para no parecer Truman Capote. 

En Mi Piel trabajamos hasta las 14.30 los sábados. Hoy, a primera hora, Elena ha venido a traerme una caja de Moscovitas para sortear en nuestras redes sociales junto a una cartera Landó de hombre y mujer. Ella es dueña, junto a Javier, de otro comercio local, muy próximo al nuestro: Suprême Delicatessen. Mi madre suele ir allí muy a menudo, y no hay día que no se pase, que no me traiga una cajita gourmet de filetes de anchoa. Mi pequeño balcón, la vieja silla de mimbre, una copa de Erre de Herrero, el plato de flores azules de la cubertería de la abuela con anchoas y el libro de turno. El mediodía perfecto. 

El día de hoy en Segovia es espectacular. Por un momento he conseguido olvidarme del invierno y pasar, en mitad de febrero, directamente a la primavera. El Sol da de pleno en la Plaza Mayor y las cafeterías y restaurantes comienzan a rebosar -rebosar al 50%-. He quedado en el templete con mi hermana y la niña, como la mayoría de los sábados por la tarde. “¡Sábado de chicas!” Siempre viene gritando lo mismo. Es una especie de mantra que Adriana tiene asumida desde que simplemente barbullaba sonidos. Para ella es aceptable decir que el sábado es su día preferido de la semana. Creo que lo es para las tres, aunque dos lo mantengamos en secreto. 

Me encanta pensar que somos un poco las ‘Mujercitas’ de Segovia, aunque en este caso solo seamos tres. Por un momento me vuelvo Louisa May Alcott reescribiendo su ‘Little Women’. Veo a Adriana como a Amy, tan rubia como ella, con sus mismos ojos azules; y con una pasión innata por la pintura -o los garabatos-. A veces con algún toque de Beth, por su timidez. Sandra es Margaret, la mayor y responsable. Y Jo… Bueno, me gusta pensar que yo soy Jo. 

A Adriana le gusta disfrazarse. Lleva un par de años -desde que medianamente puede- alargando el Carnaval todo lo permitido y este año le habíamos dado aún más motivos. Este sábado tenía una misión: “Vas a ser Blancanieves por un día”. Y con estas, apareció. “¡Sábado de chicas!” Faldón amarillo, corsé -camiseta- azul y una capa roja que a saber de dónde había salido. Una Blancanieves rubia corriendo hacia mí. De su estrecho cinturón rojo colgaba un monedero-riñonera de Noco Complementos, lo último que había llegado a Mi Piel y del que Sandra se había enamorado; aunque ahora una diminuta princesa se lo había agenciado.

En este ‘Sábado de chicas’, tocaba visitar el castillo de Blancanieves. Así se lo habíamos prometido y no era ninguna mentira. Walt Disney había tenido un gusto exquisito al diseñar el palacio de una de sus musas. Situado frente a un acantilado y con torres circulares que se elevan al cielo, el Alcázar de Segovia había servido de inspiración para dibujar en su momento el viejo castillo de Blancanieves. Adriana no había estado allí aún. Tal vez habíamos reservado este momento para cuando ella misma pudiera imaginarse en su propio cuento de hadas. “El poder de mejorar las cosas está en uno mismo”, decía Blancanieves. 

Aquel cerro imponente fue su primer encuentro con la fantasía más inocente. El Alcázar es capaz de impresionar a cualquiera, también a mi, aunque lo haya visitado un número incontable de veces. Cuando llegas allí te cuesta distinguir entre estar en un cuento de los Hermanos Grimm o en un galeón surcando los mares, por su forma de proa de barco incrustado en lo alto de una roca. Y aunque en su momento fue fortaleza, prisión estatal, centro de artillería o academia militar, Adriana -también yo, seguramente Sandra- nos quedamos con su versión de palacio real. Por el Patio de Armas, por el Patio del Reloj… Curioso era ver a una pequeña Blancanieves corretear entre la Torre de Juan II y la del Homenaje. 

Qué poco duran los días preferidos. En la Pradera de San Marcos, con una de las mejores vistas del Alcázar, sacamos el mantel de cuadros vichy para desplegar la merienda del sábado. Los bocadillos los había hecho yo esta mañana antes de empezar turno en Mi Piel; la botella de vino la había ido a coger Sandra antes de llegar a la pradera. La puesta de Sol había venido sola. Adriana estaba ojiplática mirando el Alcázar justo a sus pies. Casi siempre, y si el tiempo lo permitía, acabábamos el día de picnic en algún mirador de la zona. Por allí, son muchas las familias que van con sus hijos a pasar una tarde especial. 

A unos metros, estaba mi vecina con su marido. Ella era de Asturias… Ahora que lo recuerdo… En Asturias hay también un lugar, en lo alto, escondido entre montañas que bien podría ser escenario de otra gran historia épica…

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El repartidor siempre llega tarde

Sueño con viajar y con viajes que ya he hecho y, mientras llegan los nuevos, trabajo en mi tienda Mi Piel. Me llamo Clara y vamos a pasar un montón de momentos juntos.

No te voy a mentir. Reconozco que siento un poco de vértigo en las piernas. 276 metros me separan del suelo, apenas alcanzo a distinguir si los de allí abajo son niños, adultos o ancianos. Supongo que aquella que imagino correr con un equilibrio cuestionable es una niña; no creo que tenga más de 4 años. Quién sabe, desde allí arriba la realidad es engañosa, cualquier cosa que piense ahora es poco fiable. 

Lo que sí puedo ver a la perfección, aunque tenga los ojos medio cerrados por el viento que me abofetea la cara, es ese río enorme por el que circulan cruceros, barcos y barcazas. Es primera hora de la mañana y algunos de ellos se ven divididos entre la claridad de un amanecer parisino y la sombra de los edificios a los que aún no pega el Sol. Ahora que me fijo en los edificios, veo que tal como me había dicho mi amiga Sofia,”sus tejados de zinc, pizarra y teja, son espectaculares”. No sé por qué esta situación me lleva al suspiro más peliculero y a cerrar los ojos esperando algo, quién sabe qué. El viento ya no me molesta… pero sí una mano que me tira de la bufanda.

Despertador. ¡Maldita sea! ¿Ya? Por qué siempre me tengo que quedar con alguna curiosidad sin resolver. ¿Quién y por qué me tiraban de la bufanda? ¿Se me habría caído algo al suelo? Sería un niño confundiendo la bufanda de una desconocida con la “bufanda de mamá”. ¡Qué más da! Estoy muy lejos de París.

¡Arriba Clara! Con el frío que hace los músculos se me vuelven más lentos y lo que antes hacía en treinta minutos ahora me lleva un ahora. Antes de poner los pies en el suelo siempre compruebo que Koba no se haya llevado la alfombra. Es horrible cada vez que espero un tacto calentito y me encuentro con un contacto directo con la plaqueta. Llevo tiempo queriendo cambiar aquello por madera, que de noviembre a marzo no se convierta en un cubito de hielo. Tal vez el próximo invierno. 

Hoy hay alfombra, menos mal. También está Koba tirada en ella. Se le ve perezosa. Normalmente me despierto y comienza a ladrar, revoltosa esperando jugar a primera hora del día y a pesar de mi pesadez mañanera y en ayunas. Son las 8.00 a.m. Detrás de la persiana aún no existe el día, pero amenaza con empezar a asomar. Ducha con agua hirviendo y café caliente, de los que tardan en enfriarse, tanto que normalmente me tomo el último sorbo con el abrigo, la bufanda y el gorro puesto. Siempre elijo el mismo, un regalo que mi madre me compró en Noco hace un par de años, el único con el que me veo bien, o al menos creo que me sienta bien. 

Hoy me he puesto botas de nieve. Llevo otro calzado para cambiarme en la tienda, pero de mi casa a allí hay un montón de obstáculos, mucho hielo y poca nieve con la que apetezca jugar. Menuda nevada nos ha caído este año. No hay ni un solo niño a la vista. Después de estas últimas heladas, los colegios siguen cerrados. Normalmente son muchos los que bajan calle abajo con sus padres camino de las escuelas; y sí, a veces, entorpedeciéndome el camino, algo que me sienta mejor o peor dependiendo del día. “¡Otra vez en casa Clara! Yo ya no sé dónde meter a la niña”. Mi hermana estaba desesperada. Tampoco me extraña. Adriana tenía 5 años, lista como un rayo, cantarina más que habladora y, por si fuera poco, en casa 24/7. 

El camino no era largo. Algo que me gusta de Segovia es precisamente eso, que en ningún trayecto te cansas -a no ser que sea agosto-. Vivo a pocos metros del Acueducto. Desde aquí a la Plaza Mayor es cuestión de unos minutos, incluso ahora, sorteando restos de nieve. Siempre puedo dedicarle un paseo distendido, mirando a un lado y otro; y rara vez no descubro algo nuevo, diferente a lo que vi el día anterior. Cuando no es una persona que no me suena de nada, es el dibujo de una fachada que siempre había pasado inadvertido, o una piedra más vieja que las demás, de la pared de una casa con la que luego fantaseo o invento historias; o, incluso, un olor nuevo saliendo de una pastelería. “¡Buenos días, Clara! ¿Te pasas hoy al café?” Sofía solía gritar mucho. De lado a lado de la calle o de lado a lado de la ciudad. Daba igual. Siempre iba tarde, siempre iba corriendo, nunca podía pararse a hablarte bajito a esas horas…

En Mi Piel daba la sombra. Eran las 10.00 de la mañana y por allí Lorenzo no asoma hasta más tarde. No hay día que no abra aquella persiana y me salude el olor a piel de su interior. Dicen que el olfato se acostumbra, el mío debe ser un poco especial. He quedado a las 10:15 con el repartidor. Felipe no suele ser muy puntual así que sé que me dará tiempo a preparar la tienda para que esté lista a las 10.30. “Dejaré este hueco para colocar las nuevas maletas”. Mis padres me han enseñado todo lo que sé del negocio. Antes que yo fueron ellos, aunque, a pesar de la jubilación, todavía pasen más tiempo en la tienda que en casa. Mi padre siempre me dice que un buen escaparate es la mejor estrategia. ¡Trabajo me costó que se acostumbraran a la tienda online! Aún siguen preguntándome si los likes son en Facebook o Instagram.

Las mañanas de enero son intensas. En Mi Piel siempre tenemos un montón de descuentos, incluso algún año, como este, que se extienden hasta febrero. Bolsos, cinturones, guantes… Cuando un cliente sale de la tienda, a mí siempre me gusta  pensar dónde irá con esa maleta, qué le espera por ver, qué aeropuertos va a pisar o sobre qué ciudades va a volar. Desde pequeña me ha encantado viajar. Casi siempre lo hacía con mi familia, con mis padres y mi hermana Sandra. Aún recuerdo el último viaje a Oporto cuando Sandra se…

“Buenos días, Clara. Hoy solo me he retrasado 10 minutos”.