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Entre vinos, castañas y rabelos

Reloj de la estación de tren de Oporto

Aquel viaje a Oporto fue, además, un recuerdo del de hace años. Esta vez solamente íbamos mi hermana Sandra y yo; una con su vieja maleta, la otra con su nueva Movom Riga.

Aún recuerdo el último viaje a Oporto cuando Sandra se propasó con los vinos de Vila Nova de Gaia. Empezamos con una visita, en principio muy didáctica, en la Bodega Sandeman. Hasta ahí todo bien. Seguimos con un blanquito y otro tinto; y así. Venga y dale, que si aguardiente, que si otro dulce como una gominola. “Hermana este sabe como el jerez español”. Por aquel entonces Sandra no estaba ni casada, ni emparentada ni mucho menos con una niña de 5 años en casa 24/7; que si pandemia, que si nieve. Y le gustaba disfrutar de un buen vino, sobre todo los jueves. “¡Vámonos de vinos a La Calle de los Bares!” Se sabía todas las de Segovia; pero esta era de sus Top3. Siempre había sido una persona social, mucho más que yo; extrovertida y también divertida. 

Habíamos planeado aquel viaje a Oporto en Mi Piel, en un momento de poca afluencia en la tienda. Felipe nos acababa de traer nuevas maletas de Movom Riga, preciosas, de color turquesa. Eso sí que fue amor a primera vista. Recuerdo que venían a juego con un neceser con espejo, varios compartimentos, una banda trasera para adaptarlo al carro o llevarlo enganchado a la maleta y un montón de maneras de llevarlo: al hombro, con la bandolera ajustable o adaptado al trolley con la banda trasera. Me tenía enamorada; pero el cumpleaños de Sandra no era mucho más tarde. 

Volviendo a Oporto. Llegamos al Aeropuerto de Oporto-Francisco Sá Carneiro, yo con mi vieja maleta llena de pegatinas y Sandra con su recién estrenada Movom Riga. Nuestro hotel, en pleno centro, era maravilloso. Allí me sentía como una actriz famosa, mirando la Ribeira del Douro en el balcón de mi habitación en el Hotel Moov Porto Centro, esperando la cena de gala con una copa de Wijion. “¡Espabila Clara!” Tras esa fachada Art Decó de 1930, antes había existido un cine, y no cualquier cine, sino uno de los mejores de la época: Águia D´Ouro Cinema. 

Estábamos en la misma Plaza Batalha junto a la iglesia de San Ildefonso y la Estación de São Bento. ¡Fascinada estaba de ese lugar! Habíamos visitado ya unas cuantas estaciones de tren europeas, pero sin duda esta era la más genuina de todas. Había pasado de sentirme una actriz a una mujer portuguesa de 1916 entrando por ese hall cubierto de azulejos que repasaban la historia del país; comprando mis billetes de tren a Costa Nova y subiéndome en uno de esos trenes del siglo XX. Mi madre era una apasionada de las estaciones de tren.

Ese día estaría en Mi Piel y yo iba a darle bastante envidia con aquel selfie. La última vez que ella estuvo en Oporto yo tenía 3 años y Sandra 6. Tal vez sea cosa de las fotografías de ese viaje, pero tengo la sensación de acordarme de cuando nos subimos en aquel rabelo por el Duero y pasamos bajo el Puente de Luis I. 

Si algún adjetivo tengo que ponerle a Oporto ese es idílico. Puestos de comida callejera en calles por las que parece no ha pasado el tiempo; otros de artesanía, pintura y cuadros colgados por muchas de sus fachadas, mercados a la antigua usanza, como el de Bolhao; olor a castañas asadas… A Sandra la volvían loca y las comía con tanta ansia que siempre, siempre se atragantaba. Así pasó, esperando en la cola de la librería Livraria Lello. No me iba a ir yo de Oporto sin entrar ahí dentro, como apasionada de los libros y la lectura que soy. Puedo quedarme horas leyendo en cualquier sitio perdiendo toda noción del tiempo. Ojalá haber sido yo una J.K. Rowling.

Tras subir a la Torre de los Clérigos -unas cuantas escaleras después de unas cuantas cuestas, porque si algo hay también en Oporto, son cuestas-, como buenas amantes de la moda y sus complementos, nos pasamos por la Rua de Santa Catarina. Tiendas por aquí, tiendas por allá, un lugar donde perder el sentido. Que si antes me sentía una actriz y más tarde una mujer de los años 20, ahora era Vivian Ward en su versión portuguesa, pero sacando mi propia cartera Landó roja.

Oporto es una ciudad fascinante para los amantes del Séptimo Arte. Difícilmente, para alguien como yo que ya había empezado este viaje en un viejo cine, era no imaginarme historias en esta ciudad, convirtiéndome en un sinfín de personajes diferentes. Hablando de eso, Grace Kelly siempre ha sido una de mis actrices preferidas y gracias a ella me enamoré… de un bolso. 

“Última llamada con destino Madrid”. Eran las 20.00 horas. Mi vieja maleta y su ya no tan nueva Movom Riga ponían rumbo a casa.

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El repartidor siempre llega tarde

Sueño con viajar y con viajes que ya he hecho y, mientras llegan los nuevos, trabajo en mi tienda Mi Piel. Me llamo Clara y vamos a pasar un montón de momentos juntos.

No te voy a mentir. Reconozco que siento un poco de vértigo en las piernas. 276 metros me separan del suelo, apenas alcanzo a distinguir si los de allí abajo son niños, adultos o ancianos. Supongo que aquella que imagino correr con un equilibrio cuestionable es una niña; no creo que tenga más de 4 años. Quién sabe, desde allí arriba la realidad es engañosa, cualquier cosa que piense ahora es poco fiable. 

Lo que sí puedo ver a la perfección, aunque tenga los ojos medio cerrados por el viento que me abofetea la cara, es ese río enorme por el que circulan cruceros, barcos y barcazas. Es primera hora de la mañana y algunos de ellos se ven divididos entre la claridad de un amanecer parisino y la sombra de los edificios a los que aún no pega el Sol. Ahora que me fijo en los edificios, veo que tal como me había dicho mi amiga Sofia,”sus tejados de zinc, pizarra y teja, son espectaculares”. No sé por qué esta situación me lleva al suspiro más peliculero y a cerrar los ojos esperando algo, quién sabe qué. El viento ya no me molesta… pero sí una mano que me tira de la bufanda.

Despertador. ¡Maldita sea! ¿Ya? Por qué siempre me tengo que quedar con alguna curiosidad sin resolver. ¿Quién y por qué me tiraban de la bufanda? ¿Se me habría caído algo al suelo? Sería un niño confundiendo la bufanda de una desconocida con la “bufanda de mamá”. ¡Qué más da! Estoy muy lejos de París.

¡Arriba Clara! Con el frío que hace los músculos se me vuelven más lentos y lo que antes hacía en treinta minutos ahora me lleva un ahora. Antes de poner los pies en el suelo siempre compruebo que Koba no se haya llevado la alfombra. Es horrible cada vez que espero un tacto calentito y me encuentro con un contacto directo con la plaqueta. Llevo tiempo queriendo cambiar aquello por madera, que de noviembre a marzo no se convierta en un cubito de hielo. Tal vez el próximo invierno. 

Hoy hay alfombra, menos mal. También está Koba tirada en ella. Se le ve perezosa. Normalmente me despierto y comienza a ladrar, revoltosa esperando jugar a primera hora del día y a pesar de mi pesadez mañanera y en ayunas. Son las 8.00 a.m. Detrás de la persiana aún no existe el día, pero amenaza con empezar a asomar. Ducha con agua hirviendo y café caliente, de los que tardan en enfriarse, tanto que normalmente me tomo el último sorbo con el abrigo, la bufanda y el gorro puesto. Siempre elijo el mismo, un regalo que mi madre me compró en Noco hace un par de años, el único con el que me veo bien, o al menos creo que me sienta bien. 

Hoy me he puesto botas de nieve. Llevo otro calzado para cambiarme en la tienda, pero de mi casa a allí hay un montón de obstáculos, mucho hielo y poca nieve con la que apetezca jugar. Menuda nevada nos ha caído este año. No hay ni un solo niño a la vista. Después de estas últimas heladas, los colegios siguen cerrados. Normalmente son muchos los que bajan calle abajo con sus padres camino de las escuelas; y sí, a veces, entorpedeciéndome el camino, algo que me sienta mejor o peor dependiendo del día. “¡Otra vez en casa Clara! Yo ya no sé dónde meter a la niña”. Mi hermana estaba desesperada. Tampoco me extraña. Adriana tenía 5 años, lista como un rayo, cantarina más que habladora y, por si fuera poco, en casa 24/7. 

El camino no era largo. Algo que me gusta de Segovia es precisamente eso, que en ningún trayecto te cansas -a no ser que sea agosto-. Vivo a pocos metros del Acueducto. Desde aquí a la Plaza Mayor es cuestión de unos minutos, incluso ahora, sorteando restos de nieve. Siempre puedo dedicarle un paseo distendido, mirando a un lado y otro; y rara vez no descubro algo nuevo, diferente a lo que vi el día anterior. Cuando no es una persona que no me suena de nada, es el dibujo de una fachada que siempre había pasado inadvertido, o una piedra más vieja que las demás, de la pared de una casa con la que luego fantaseo o invento historias; o, incluso, un olor nuevo saliendo de una pastelería. “¡Buenos días, Clara! ¿Te pasas hoy al café?” Sofía solía gritar mucho. De lado a lado de la calle o de lado a lado de la ciudad. Daba igual. Siempre iba tarde, siempre iba corriendo, nunca podía pararse a hablarte bajito a esas horas…

En Mi Piel daba la sombra. Eran las 10.00 de la mañana y por allí Lorenzo no asoma hasta más tarde. No hay día que no abra aquella persiana y me salude el olor a piel de su interior. Dicen que el olfato se acostumbra, el mío debe ser un poco especial. He quedado a las 10:15 con el repartidor. Felipe no suele ser muy puntual así que sé que me dará tiempo a preparar la tienda para que esté lista a las 10.30. “Dejaré este hueco para colocar las nuevas maletas”. Mis padres me han enseñado todo lo que sé del negocio. Antes que yo fueron ellos, aunque, a pesar de la jubilación, todavía pasen más tiempo en la tienda que en casa. Mi padre siempre me dice que un buen escaparate es la mejor estrategia. ¡Trabajo me costó que se acostumbraran a la tienda online! Aún siguen preguntándome si los likes son en Facebook o Instagram.

Las mañanas de enero son intensas. En Mi Piel siempre tenemos un montón de descuentos, incluso algún año, como este, que se extienden hasta febrero. Bolsos, cinturones, guantes… Cuando un cliente sale de la tienda, a mí siempre me gusta  pensar dónde irá con esa maleta, qué le espera por ver, qué aeropuertos va a pisar o sobre qué ciudades va a volar. Desde pequeña me ha encantado viajar. Casi siempre lo hacía con mi familia, con mis padres y mi hermana Sandra. Aún recuerdo el último viaje a Oporto cuando Sandra se…

“Buenos días, Clara. Hoy solo me he retrasado 10 minutos”.