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Un títere en Segovia

No sabía muchas cosas de las que debería saber. ¡Pero cómo puede ser, Clara! Me había convertido en un títere en mi propia ciudad. Un títere muy feliz.

Cuántas veces no habré pensado eso de “conozco tantos lugares -con prolongación larga en esa “a” de “tantos”, y no conozco bien dónde vivo yo”. Me siento tan tonta cuando viene algún forastero y me ilumina con cosas que debería saber y no sé, que me cuesta, en muchas ocasiones, reconocerlo. “Sí, sí, claro, precioso”. ¡Farsa!

Siempre he creído que me sé al dedillo cada rincón de Segovia, pero bastó la visita de mi prima María José -M.J. para los amigos- este verano para darme cuenta de lo deficiente de mi conocimiento. Siempre hemos sido uña y carne, desde pequeñas. Era la sobrina de mi madre y contaba con una única primavera más que yo. En los dos últimos años, vernos había sido misión imposible, como es el caso de otras tantas relaciones en el mundo, separadas por esa temible palabra del año 2020: confinamiento. “Llego a las 12.00 Clara. Me gustaría pasar por Mi Piel esta tarde. Como buena husmeadora que soy he echado el ojo a un par de cosas que he visto en vuestro Instagram y, por si fuera poco, tienen unos buenos descuentos especiales”. 

Esa tarde no fueron dos sus víctimas, sino tres: la Bandolera de Noco Complementos con líneas vintage, un bolso de la misma marca “para brillar”, como decía ella; y fuera de las ofertas, se enamoró “plenamente” del Maletín portaordenador de El Potro Chic, una de las nuevas incorporaciones a la Web de Mi Piel. “En marrón, a juego con el otoño”. Cómo no…

Habíamos reservado una visita guiada, una opción turística que lo estaba petando este verano en la ciudad. Habíamos elegido una temática que a M.J. le encantaba: “haciendo cábalas por la Judería”. Un recorrido por las estrellas y sinuosas calles del barrio hebreo, a través del rico legado cultural judío de Segovia. Visitamos el Centro Didáctico de la Judería, la Antigua Sinagoga Mayor y la Puerta de San Andrés, con unas vistas excepcionales para contemplar el Antiguo Cementerio Judío. 

He estado mirando rincones secretos de Segovia y he leído que La Casa de la Moneda es extraordinaria”. Nunca la había visitado. Sí, aquí empezaba una buena lista de lugares top de la ciudad que yo no conocía todavía. Primero fue este, un edificio de arquitectura industrial que conserva una pequeña joya: el Jardín del Rey, un íntimo rincón para el disfrute personal de Felipe II. Con su bandolera de Noco al hombro, M.J. era hoy la guía turística particular en mi propia ciudad. Seguimos nuestra visita por el Museo de marionetas sobre la Puerta de Santiago, paseando a través de La Muralla. “Hablando de Títeres, Clara. ¿Este fin de semana es Titirimundi, verdad?” ¡Se me había olvidado! Con tantos cambios de fecha en el último año… 

Festival Internacional de Teatro de Títeres de Segovia. Más de una veintena de compañías representan sus espectáculos en patios, salas, jardines y, también, en las calles de la ciudad. “¡Me encanta el teatro, Clara!” Ya lo sabía. “¿Vamos, vamos?” No iba a decirle que no, entre otras cosas porque no quería decirle que no. Titirimundi era espectacular. 

Fue el momento perfecto para que M.J estrenara su Bolso “brilli, brilli” de Noco Complementos, donde guardaba, entre otras cosas, pintalabios rojo y cartera de Pepe Jeans India que le había comprado mi madre en Mi Piel la pasada primavera. En nuestros últimos cumpleaños los regalos enviados por correo habían sido los protagonistas. Yo no perdí la oportunidad de complementar mi look con la nueva Bandolera El Potro Chic en azul marino. ¡Cómo me gustaba! En realidad todos los nuevos artículos de El Potro Chic eran preciosos. Mi madre y yo los habíamos elegido hacía tan solo unos días y estaban triunfando tanto en Segovia como en nuestra tienda online. Con las mismas, nos fuimos al Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, donde la compañía ‘Matita’ de Eslovenia presentaba su montaje ‘Little Night Tales’.

Fue un fin de semana maravilloso entre teatro y espectáculos-que volverían a Segovia en la primavera de 2022-, cultura y nuevos descubrimientos para mí de una ciudad que a simple vista puede parecer pequeña, pero que no tiene un solo lugar, calle o rincón sin algún secreto oculto de alguna época de la historia, más antigua o más moderna. ¡Había sido un títere en mi propia casa! 

Después de dejar a M.J. en la estación, corrí de nuevo a Mi Piel. Quería preparar un nuevo escaparate con lo último de El Potro para ese mismo lunes. Me encontré encima del mostrador un paquete que ponía: “Clara, pateate la ciudad. M.J.” Dentro, la Mochila Casual El Potro Chic negra. Toda una indirecta para salir a explorar y dejar de ser un títere.

Por cierto, M.J. sabía que había perdido mi mochila de aventuras el otoño anterior en mi viaje a Barcelona.

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Una historia de gafas de sol, desde China a Hollywood

Fotografía para el artículo del blog de Tienda Mi Piel, una historia de gafas de sol desde China a Hollywood.

Esta historia sobre las gafas de Sol va de juicios. Desde los jueces chinos de hace no sé cuántos siglos, a mis amigas ‘las sentencias’ y alguna que otra sorpresa.

“¡Silencio! Parecéis el radio patio de mi casa”. Solo Marina es capaz de poner orden al desorden; pero sobre todo solo ella puede callarnos a todas con una sola palabra. “Voy a contaros una cosa que seguramente no sabéis. Hay que empezar siempre por el principio de las cosas”. Marina es profesora de infantil y eso se nota. Se nota en los discursos, se nota en las discusiones, se nota en los debates… Se nota.

“Las gafas de sol no se inventaron para proteger la vista de los rayos de sol. Tienen su origen en China, acabo de leer en Google, que esto ocurrió en el siglo XII. ¿Sabéis qué me ha llamado la atención? Lo hicieron para ahumar los cristales de cuarzo con el objetivo de oscurecerlos, de tal manera que los jueces chinos ocultaran sus ojos y las expresión de su rostro en los juicios para esconder cualquier pista sobre el veredicto final”.

Sofía y yo habíamos convocado al Consejo de Sabias en mi casa para “discutir” sobre las gafas de Sol y, parece ser, sobre mi cara. También como excusa para abrir un vino blanco y disfrutar de un poco de hummus casero. En nuestro viaje a Zahara de los Atunes la semana anterior, habíamos tenido un rifirrafe sobre las gafas que llevaba puestas: las Gafas redondas de Cuatrogotas. Me veía una auténtica hippie de los 70, con un estilo retro a lo John Lennon o Janis Joplin… con mi Bandolera Rosme de la Colección Zurich, y pañoleta en la cabeza. “Sí, sí, muy streetstyle, pero para ponerse unas gafas de Sol, hay que tener en cuenta los rasgos de un rostro. ¡Que no somos jueces chinos!

No me habéis dejado terminar con la historia.” Cómo iba a quedarse Marina con una ‘narración histórica’ a medias… Aunque no sé todavía en qué me iban a ayudar los jueces chinos en este debate. “De China, a Inglaterra. Había allí un óptico, James Ayscough, al que se le ocurrió, varios siglos después, la idea de tintar de color los anteojos que llevaban los enfermos de sífilis para reducir su fotosensibilidad”. 

Emma había sacado entonces su portátil de su bolso de Rosme, no para buscar qué pasó con James Ayscough, sino para buscar en Google ‘gafas mariposa’. No era que no me gustaran las gafas mariposa, todo lo contrario. Los ‘ojos de gato’ los había popularizado estrellas de cine como Audrey Hepburn en los 50. ¡Cómo no me iban a gustar! Simplemente este verano me había empeñado en las monturas redondas, tal vez, porque había visto que eran el trending del año. “Las gafas mariposa imprimen personalidad y elegancia al rostro, los ojos destacan acentuando la expresividad. Le sientan mejor a las personas con rostro en forma de triángulo porque resaltan sus pómulos y mantienen el equilibrio”. Emma me miraba ahora fijamente, analizando cada aspecto de mi cara. “Sentencio a favor de Sofía y las Gafas Mariposa Cuatrogotas”. 

¡Escuchad, escuchad! Esto es súper interesante”. Marina se ponía nerviosa cuando algo le gustaba, y eso había hecho que se balancease la funda móvil de coco charol Noco Complementos que llevaba colgada del cuello. “Las gafas de Sol se pusieron de moda gracias al séptimo arte. La entrada en escena del cine y el éxito de grandes películas y actores a partir de los 30, provocó que estos últimos se vieran abrumados por los focos de las cámaras de los reporteros, acudiendo a las gafas de sol oscuras para evitarlo”. Y nosotras pensando toda la vida que las primeras gafas de Sol habían sido las utilizadas por los aviadores de la Segunda Guerra Mundial. ¡Las famosas Ray-Ban! “Fue la empresa Foster Grant quien llevó a cabo la primera gran producción. Estamos hablando del año 1929, cuando salieron al mercado las primeras gafas de Sol dirigidas a las personas que caminaban por las playas”

Las clases de historia de Marina. A veces no sabía si nos contaba todas estas cosas para que nos enteráramos de algo, para enterarse ella o porque estaba preparando alguna clase para sus niños y nos usaba de primeros pupilos antes del gran día. 

Mucha clase de historia, Marina, pero faltas tú por sentenciar”. Cuando Marina tenía un plan, se le notaba. Su seguridad, su mirada pícara y traviesa, esos labios conteniendo una sonrisa ‘malvada’, y esas conversaciones que parece no van con ella. “Las gafas redondas le quedan bien a Sofía, por la forma cuadrada de su rostro”. Hace un pequeño respiro mientras busca algo en el interior de su nueva Bandolera Noco Complementos de líneas vintage. “Ayer fui a verte a Mi Piel. No estabas; pero sí tu hermana. Me he llevado media tienda, que resulta, no me lo habías dicho, pero está de descuentos especiales de verano. Y resulta que como preparo una clase a mis niños, también preparo nuestros Consejos de Sabias. Aquí tienes tus nuevas gafas mariposa de Noco”.

Estaba claro. Había perdido 3 a 1. 

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Viaje a Zahara de los Atunes

Viaje a Zahara de los atunes en Tienda mi Piel

En nuestra primera escapada post Covid hubo mucho de Atún de Almadraba, palmas en el atardecer y un Instagram renovado. Volvimos a Segovia un poco más hippies.

¡Cómo le gusta al tiempo correr! Te adelanta por la derecha, sin normas, sin señales, ni intermitentes, ni un mínimo frenazo. Muchas veces pienso: “Voy a exprimir este momento para que dure hasta que me aburra”. No sé al resto, pero a mi esto nunca me sale. Miro hacia atrás y me parece que fue hace años cuando nos tocó pasar por ese confinamiento imprevisto que nos estuvo haciendo aprender a poner pañoletas dos meses. “El lazo por aquí, ¡no por ahí!”. Marina, comandante. Siempre les decía a mis amigas: “Cuando esto pase, voy a estrujar el tiempo como si fuera una esponja, a vivir cada momento como si fuera el último, a hacer que dure, a hacerlo bonito”. Clara, la romántica.

Bueno, esta vez no había empezado mal. A la semana siguiente de decirle a Sofía si recordaba aquel plan que teníamos pensado para hacer el mayo pasado -antes de las interminables catastróficas desdichas-, ahí estábamos las dos: Mochilas gemelas de Pepe Jeans Vegan a la espalda, yo estrenando mi maleta de Pepe Jeans Glasgow azul claro, con esas gafas que ya había pronosticado comprar: las redondas de Cuatrogotas, que según Marina son “so cool”. Sofía, armada con su maleta El Potro Ocuri Nude y las gafas más fashion de Cuatrogotas. Mi Polo azul celeste ya estaba preparado para rodar. “Clara, el aceite. Clara, mira la presión de las ruedas”. Mi padre, el previsor. 

Tardamos en llegar a Zahara de los Atunes, lo que se tarda en llegar a Zahara de los Atunes. Las primeras seis horas fueron maravillosas. Nos metimos en el Pen los últimos “hit”: que si un poco de Rock y “Lady Madrid”, que si un poco de Pop y la ‘Chica de Ayer’, que si mucho de Reggaeton y así ‘tu me dejaste de querer’; y cómo no, algo de internacional y mucho de “sorry, sorry”. Entre recuerdos, risas, cantos y algún que otro ‘baile en asiento’ de Sofía -cuando ella no conducía-, se nos pasó volando. Pues eso, que al tiempo le gusta correr. Las últimas horas ya fueron otra historia…

Habíamos alquilado un apartamento en el pueblo. Pequeño pero muy acogedor. ¡Menudo ambientazo se veía por aquella ventana! Ver gente sonreír de nuevo -sé que sonríen porque se les achinan y cierran los ojos, una pena que aún no se puedan ver los labios arquearse-, ser más de los que eran, incluso estar un poquito más cerca, no dejaba de alegrarme. Me hacía sentir nuevamente viva. Esa noche habíamos reservado mesa en El Campero de Barbate, un lugar que nos había recomendado Sandra. No tengo ni idea de cuándo había estado allí. 

Nos pusimos nuestras mejores galas, no solo por el lugar, que bien lo merecía, sino por la emoción del primer día. Esa sensación que te recorre el cuerpo el día uno de vacaciones. Eso sí que son mariposas, y no lo del chico rubio surfista de mis sueños. Sofía llevaba un vestido blanco con lunares amarillos y un bolso blanco precioso de Noco Complementos. Yo un vestido largo de tirantes y espalda al aire, con un bolso bandolera también de Noco Complementos.Es muy tú”, me decía siempre Sofía. ¿Qué sería ser muy yo?

Nos dimos un buen homenaje, digno de nuestra primera escapada post covid. Pedimos un ‘Susurro de los atunes’, -solo por el nombre ya merecía la pena saber qué era aquello- maridado con buen vino blanco y muchas ganas de que la noche continuara. ¿Cuánto hacía que no pisaba la arena? ¿Que no bailaba ‘libremente’ al ritmo del viento? ¿Que no me caía en el suelo y me quedaba mirando las estrellas? Fue una noche maravillosa, de lo más simple del mundo, pero maravillosa. 

Estuvimos una semana de playa en playa por la Costa de la Luz. Desde Los Alemanes, donde nos hartamos de rebozarnos en esa arena fina y dorada; hasta la de Atlanterra donde, además de posar, en un montón de posiciones frente al búnker de los `40, conocimos todos y cada uno de sus chiringuitos. Nos encantaba ponernos en modo ‘chill out’, mojito en mano hasta el atardecer, escuchando conciertos en directo, palmas y bailes con vestidos de lunares. Mi Instagram volvía a llenarse de color, de stories de tonterías y de reels saltando olas. “Sácame de lado, que se vea la Bandolera de Rosme”, “Mirando al horizonte Clara”, “Sofía, aquí, de espaldas con la Mochila de de Pepe Jeans Vega Coral que le quiero enviar la foto a mi madre”... Me la había regalado antes del viaje.

Dedicamos tres días para recorrer otras zonas espectaculares de Cádiz. El ambiente hippie de Caños de Meca -donde me hubiera quedado a vivir y donde…bueno, me pareció ver al rubio surfero-, la playa de Valdevaqueros, que días más tarde leí que fue seleccionada como la mejor de España; Tarifa y su viento, sus velas, sus windsurf, sus olas, su kitesurf… “No podéis iros sin ir a Vejer de la Frontera, Clara”, me decía mi madre en la llamada diaria -el fichar diario, le llamo yo-. Así que allí nos plantamos. “Haz caso siempre a tu madre”, me decía la voz de la conciencia cuando vi aquel maravilloso pueblo blanco andaluz: la perla blanca de la costa gaditana. 

De atún en atún y de retinto en retinto, nos pasamos las comidas y las cenas. Nos gusta comer, de eso no hay duda. ¿Qué sería de un viaje sin sus sabores? ¡Me comería Cádiz al completo! Cada calle, a cualquier hora del día; cada rincón, da igual el momento, huele a “pescaíto frito”, a ortiguillas… ¡a mar!

Pisar la arena fría del atardecer, dejarte enredar con esa brisa que a veces se vuelve, incluso, un poco más traviesa de lo normal. “Te quedarían mejor las gafas mariposa de Cuatro Gotas”. Así era Sofía, capaz de terminar con cualquier momento romántico en el momento menos pensado. “¿Qué dices?” “Pues eso, que te quedarían mejor las gafas mariposa de Cuatro Gotas. Por la forma de tu cara”. “No estoy de acuerdo”. “Es así”. Ella, la sentencia. 

“Sofía… convoquemos al consejo de sabias”. 

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Esta tienda huele a verano

Esta tienda huele a verano

Hacía mucho que no veía a un turista en Segovia. Eso me hizo soñar con Daiquiris y maletas de colores

Hoy llegan las nuevas maletas. Felipe, el repartidor, lleva un tiempo más puntual, algo que, siendo sincera conmigo misma, no sé si me acaba de gustar del todo. A veces te acostumbras a una cualidad o característica de alguien que, para bien, mal o regular, le hace tener su peculiar seña de identidad. Que Felipe llegue tarde -casi como un estilo de vida-, para mí, era la suya. Y ya lo había asumido, aceptado y… sí, me había llegado a hacer gracia. Siempre acelerado, apenas sin tiempo para intercambiar cuatro palabras que se salieran del normal “buenos días, ¿qué tal?”. Manejaba los repartos como si fueran una extensión de sí mismo. “Malabarista”, le llamo yo a veces. 

En Mi Piel nos encanta la primavera. Temperaturas justas, chaquetilla de repuesto, color aquí y allá, días largos; a las nubes les deja de pesar lo que contienen y el cielo se vuelve a veces azul lino, otras ceniza y en ocasiones provenzal. Además, esta primavera tenemos todavía más motivación que otras -mucha más que la anterior, eso seguro-. Este fin de semana, en nuestro “¡Día de chicas!” con mi hermana y la niña, una pareja jovencita se nos acercó para preguntarnos dónde podían encontrar la Oficina de Turismo. “Es la primera vez que venimos a Segovia. Estaremos hoy y mañana aquí y el lunes iremos a Ávila. Hemos aprovechado unos días de descanso y desconexión… Lo necesitábamos, ¿verdad Mateo?”. Me encanta la gente de Segovia, los buenos segovianos. Son -somos- personas amables, educadas, respetuosas a las que también les gusta compartir tiempo y risas en terrazas al sol; pero es cierto que tenía muchísimas ganas de ver nuevos rostros. Como antes.

Los viajeros están volviendo a circular después de un año de atasco. “Clara, vamos a mirar las nuevas colecciones. Hay que hacer los pedidos. ¡Color! Clara, este año con mucho color”. Mi madre es la madre más previsora del mundo. Le gusta tenerlo todo bajo control, hacer las cosas con tiempo y tener un margen para controlar que nada se le haya escapado. Además, le encantaba mirar catálogos y no como parte de un trabajo…¡Es que le chiflan! 

En los últimos meses he tenido incontables sueños con otros lugares. Había aviones, palmeras, mucha playa y algún que otro Daiquiri. En uno de los últimos, conocí a un chico rubio, típico surferillo de estos que a mi me hacen soñar. Creo que nos enamoramos, pero no recuerdo cómo ni de qué manera. Si algo tenía claro antes de hacer los pedidos para esta primavera-verano era que tenían que ser alegres, llamar a la aventura, incluso un poco atrevidos; contener un montón de ilusiones, de ganas. Hablar de viajes por sí mismos. Mis sueños me lo estaban diciendo desde hacía tiempo, por eso sé que ahora sí va a ir todo bien.

Las maletas para los más peques me hicieron muchísima ilusión. A veces nos olvidamos que ellos también vienen con nosotros y aunque su ropa sea minúscula hay que contar con el pantalón de repuesto y el repuesto del repuesto. Lo sé por experiencia. Mi sobrina Adriana tiene tres veces mi armario. Hoy han llegado las de Pepe Jeans Ava. Preciosas. Un estilo primaveral sobre fondo azul cielo. Justo lo que quería para esta temporada. Igual de maravillosas son las que pedimos la semana pasada. Las maletas Movom Flower Pot, una manera de llevar contigo la naturaleza a todas partes. “Ojalá hubiera tenido yo unas de estas cuando viajábamos con papá y mamá”. No deja de decir Sandra. Ahora, la que rodaría con ellas, seguro, sería Adriana. 

Yo tenía claro que este año iba a renovar el armario del viaje. Mi maleta era ya una maleta anciana, y este verano…me lo merecía. ¡Llevaba dos años sin viajar! Quería estrenarlo todo, maleta de Pepe Jeans Glasgow en azul claro, también gafas redondas de Cuatrogotas que este año se llevaban tanto, la bandolera con asa de colores de Noco Complementos, la funda móvil coco charol, que me encantaba…

Según abría las cajas de pedidos que Felipe me había dejado en la tienda, yo entraba en un bucle de plena seguridad: la alegría había venido para quedarse. ¡Qué gusto de artículos! Mi Piel rebosaba de color primaveral y olía ya a verano. La ensoñación se terminó cuando Sofía entró en la tienda. Terminó o, incluso, se intensificó… “Sofía, ya se donde vamos a sacar a pasear las mochilas de Pepe Jeans Vegan que nos regalamos en nuestros cumpleaños…¿Recuerdas el viaje que teníamos pensado en mayo del año pasado?

“¿Cuándo quieres que nos vayamos a Zahara, Clara?”

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No sin los pañuelos de moda de Audrey Hepburn

Mujer con pañuelo de moda a la cabeza como Audrey Hepburn

En el desván de los tesoros, Marina hizo un descubrimiento maravilloso que cambiaría nuestras tardes de confinamiento. ¿Quién se pide ser Audrey Hepburn?

“Personalidad, Clara, personalidad. Personalidad y decisión”. Para Marina los complementos son un punto y aparte a la hora de dotar de vida propia un “total look”. Así se pasa en Mi Piel las horas muertas, viendo lo que hay, desempaquetando lo que llega y fantaseando con cada bolso, billetero, mochila o maleta. Yo siempre he sido “más simple que las pesetas” vistiendo, o eso me dice ella normalmente, con ese rostro divertido y a la vez grosero que tanto le encanta poner cuando sabe que sabe. A veces dudo si lo dice para poder usarme de maniquí -esta opción casi siempre gana en las apuestas- o porque efectivamente tengo un estilo clásico… clásico o sporty chic, lo cual tampoco sería mentira del todo. 

La casa de mis abuelos es un cofre del tesoro ilimitado. Recuerdo, no hace tanto tiempo, en una tarde de esas de proyector y cine en blanco y negro, y en un alarte de imitación de nuestra Grace Kelly, Marina se tropezó con una caja medio mal situada en un rincón del desván. Supongo que mi abuela habría estado en los últimos días colocando y recolocando “trascos y más trastos”. Había sido un patinazo de esos en los que te das cuenta de que todos tenemos un equilibrista dentro, que de vez en cuando -“¡tachán!”- hace acto de presencia y no sabes por qué. 

“¡A poco de matarme, Clara!” No tardó en pasársele el susto, aún cuando yo estaba todavía esperando el coscorrón con cara de querer tener en ese momento el poder de la inmovilización molecular.  Sus ojos se abrieron y el azul de sus iris parecía deshacerse en chiribitas. El rostro de velocidad momentáneo, había recibido algún tipo de hechizo desvanecedor y le había mutado a perplejidad, felicidad y un poquito de travesura e intenciones. “¿Marina…?” 

¿Marina? ¿Tu sabías de esto y nunca, jamás, en la vida y en todos estos años me habías contado nada?” Como una niña pequeña y sin importarle, por primera vez, el polvo del suelo que llevaba por nombre ‘viejo desván’, se sentó de cuclillas sacando una a una las pañoletas de los años quién sabe cuáles de aquella caja. “Pañoletas, Clara, pañoletas de todos los colores, oscuras, claras, brillantes, cortas, largas…” En un abrir y cerrar de ojos tenía dos al cuello, una en la cabeza y otra atada a su Bandolera Rosme de la Colección Zurich -¡cómo me gustaba esa bandolera!-. “Inspiradas primero en los gitanos y sus atuendos, las mujeres las fueron adaptando a sus trajes hasta hoy. Las pañoletas tienen una trayectoria casi tan milenaria como las mochilas”. Decía ella ensimismada, sin dejar de ponérselas por encima. “¿Sabes de quien era su accesorio preferido? ¡De la mismísima Audrey Hepburn!” 

Un tropezón por Grace Kelly nos había llevado, de bruces, a Audrey Hepburn. Aquello ya me empezaba a gustar. Aquellos pañuelos en la cabeza, un detalle que confería un aura místico sin igual, me había traído la imagen de esa estrella dorada de Hollywood y también muchas de las escenas de Desayuno con Diamantes. Marina estaba metida totalmente en el papel, con un pañuelo de seda verde musgo atado por debajo de la barbilla, paseándose de arriba abajo en el desván.

Marina se llevó aquel día a su casa como diez pañuelos, con la intención clara de devolverlos a su caja original. Sin embargo, el tiempo pasó rápido, yo no recordé aquel robo fortuito y entrañable, y ella supo esquivar el paso de los días en silencio y sigilo. Hasta aquella tarde de confinamiento y videollamada con nuestras amigas Emma y Sofía. Normalmente nos reuníamos los viernes en torno a un vino blanco online. Marina desapareció en mitad de una conversación sobre el último bolso que había llegado a Mi Piel, uno precioso en relieve de Noco Complementos. “¿Sabéis qué le va bien a ese? Ahora vuelvo”. Desapareció como unos 15 minutos y volvió recordándonos aquella escena de El diario de Bridget Jones, en la que la protagonista, en un intento de lucir sofisticada, colocaba un corto pañuelo blanco de seda sobre su cabeza antes de subir al coche de su adorado Daniel Cleaver. En este caso el pañuelo era marrón, a juego con las asas del bolso. 

Aquella tarde fuimos Audrey Hepburn, Jackie Kennedy, Sofía Loren; transgresoras del rock and roll o hippies ibicencas. Anudados alrededor del cuello, de la cintura, a modo de bandana para el cabello… Una auténtica clase magistral para tener “personalidad, Clara, personalidad” con un complemento que desde los años 50 -cuando Hollywood comenzó a imponer su voluntad en la moda- es un posible en cualquier look. Hermès, Givenchy, Chanel, Valentino, Louis Vuitton… Como bien dice Marina “lo importante no es ni siquiera su color, sino cómo combinarlos”. 

Fueron días de mucha reflexión, no solo sobre cómo ponernos los mejores complementos o qué libros leer en las próximas semanas de “encierro”. En Mi Piel también pudimos preparar una vuelva a la rutina maravillosa, empezar a soñar con los siguientes viajes… Hablando de viajes, ¡hoy llegan las nuevas maletas!

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Florencia: moda, arte, cultura y mucho más que contar

Foto de Florencia

Fue nuestro último viaje hasta el día de hoy y por aquel entonces era 2019. Rascamos el hocico de un jabalí, así que planeamos volver pronto a comer gelato italiano

“Un cucurucho con dos bolas de vainilla, por favor”. Puede que fuera otoño, pero el helado florentino entraba bien en cualquier época del año. Aquel era especialmente cremoso y aunque te sintieras orgullosa de tu propio cono congelato, las envidias me afloraban al ver la coppetta de chocolate de Sofía o el sorbete de frutas de Emma. Marina, que siempre había sido la gran transgresora, se lanzó a por el de queso de cabra. “¡Pregunta! ¿Quién inventó el gelato?”. Sofía solía tardar nada y menos en responder a cualquier cuestión que fuera un poco ‘cultureta’. “Bernardo algo”. “¿Ese no era algo de los Médicis?”. Emma la solía complementar a la perfección en estos temas. Bernardo Buontalenti. Fue un arquitecto e ingeniero militar al servicio, efectivamente, de los Médicis”, sentenció Marina. 

Tomarnos un helado florentino fue lo primero que hicimos en la ciudad. Habíamos elegido la capital de la Toscana en este viaje de 2019 por lo variopinto de su contenido y lo variopinto del equipo que habíamos formado. A Marina le encantaba la moda y aunque fuera Milán la meca de las pasarelas, de las tendencias, de lo fashion y de lo más it del momento, “¿tiene algo que envidiarle Florencia? Os recuerdo que aquí nacieron marcas como Gucci o Cavalli”. Ella estaba hecha para esa elegancia ‘Made in Italy’. Hasta sus andares se habían transformado en los ligeros pasos en tacones encima de una pasarela. Con su Bandolera Pepe Jeans Vega Coral, comprada hacía tres días en Mi Piel y recién estrenada ahora en la Via de Tornabuoni, parecía una auténtica florentina hecha por la propia ciudad, mimetizada en el esplendor de los escaparates de Via della Vigna Nuova. Había recibido, incluso, algún “fio, fio” de más de un italiano de peliculeros ojos verdes…

“Sí, por supuesto. ¿Cuándo? ¿El mes que viene? ¿La semana que viene?” Florencia era su sitio. Sofía estaba siempre más que dispuesta a visitar cualquier museo o exposición, sea del ámbito que fuera, entendiera de ello más o menos. Cómo iba a decir que no a la capital del Renacimiento. Todavía recuerdo la sensación casi extraña de pasear por sus calles. Hacerlo era como entrar en una inmensa galería de arte al aire libre; además de en el hogar de muchos personajes ilustres e importantes del devenir de la historia de Italia -y también del mundo-. “¿Sabíais que Leonardo era disléxico, vegetariano y que fue acusado de sodomía? A puntito estuvo de vérselas con las Inquisición”. Era uno de los personajes más curiosos de los que Sofía solía hablar siempre. Este año se celebraba, además, el año de Leonardo Da Vinci, el quinto centenario de su muerte. Encontramos exposiciones, actividades y eventos culturales por todos sitios. “¡No nos vayamos nunca de aquí!” El autor de la Gioconda era el arquetipo de hombre de Renacimiento, un ‘visionario’ del que Sofía no podía dejar de disfrutar en su museo, en el corazón de Florencia. No sé si estaba más ojiplática aquí, o cuando tuvo delante al mismísimo David de Miguel Ángel. Recuerdo que le di un tirón a su inseparable Bandolera de Pepe Jeans Vegan y prácticamente ni se inmutó. 

Emma casi siempre hace de guía. Es la típica persona que se prepara un dossier previo a un viaje con todos los detalles, con lugares turísticos, con sitios para desayunar, comer y cenar -también merendar-; pero hay otra cosa que hace muy bien. Leerse, como buena carnívora literaria, las historias menos pensadas y más escondidas de allá donde vamos. “Uno de los libros infantiles más populares de todos los tiempos se escribió en Florencia… ¿Sabéis cual?” El Sol caía sobre el Ponte Vecchio, uno de los puentes más famosos del mundo. Una postal espectacular para jugar a las adivinanzas. “¡Pinocho! Lo escribió Carlo Collodi!” Recordar uno de los relatos más populares y conocidos del mundo frente al puente de piedra más antiguo de Europa fue uno dei momenti più speciali de aquella tarde. Recorrer cada lugar de Florencia suponía un espectáculo. Desde allí, caminamos hasta la Piazza del Duomo. Cada vez que nos acercabamos a aquella Catedral un escalofrío te recorría el cuerpo de arriba abajo. Su descomunal presencia te helaba la sangre. “En el Duomo, si os fijáis allí arriba, podréis ver una gárgola un poco peculiar. ¡Es un toro! Un día leí que cerca de aquí vivía un hombre cuya mujer le era infiel con un chico que ayudaba con la decoración de la Catedral. El cachondo decidió elaborar la estatua de un toro y ponerla como gárgola justo en dirección de la casa del hombre…cornudo y troleado”

Se sacó la tablet de su Mochila Portaordenador Pepe Jeans Sail, y buscó la dirección de la Fuente del Porcellino. No necesitabas guía turístico con Emma en el equipo de viaje. Casi siempre nos quedábamos cortas de días en nuestras escapadas. “Un día más, un día más”, pensaba normalmente la última tarde de aventura. Ojalá que tocarle el hocico a aquel pequeño jabalí en la Fuente del Porcellino nos permitiera volver pronto. Lo que no sabíamos entonces es que nos iba a caer una buena pandemia poco después y que mi Juego de maletas Pepe Jeans Malila se iba a quedar en casa por un largo tiempo…

Hablando de ese largo tiempo… Si para algo nos sirvió a las cuatro fue para aprender, con Marina de maestra, a ponernos pañuelos de seda en la cabeza como auténticas influencers y fashionistas confinadas. El estilo pirata había llegado a nuestras vidas…

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La tienda online de las casualidades

Tienda online de Mi Piel en Segovia.

El confinamiento y todo un año de idas y venidas nos llevó a mezclar la tradición y la modernidad. Así llegó la tienda online a Mi Piel, y así pasó esto en mi cumpleaños…

Estamos a finales de marzo. La primavera ha asomado por Segovia, y cada día se deja ver algo menos tímida. Hay pocas cosas que me gusten más que el ambiente con el que se viste la Plaza Mayor cuando empieza a darle el Sol a media mañana. La risa de un niño por aquí, el llanto de otro que no quiere irse a casa por allá; una conversación más alta que las demás, el repartidor que llega hoy un poco tarde -y no es Felipe-, el tintineo de los vasos en las bandejas de un camarero…Y ahí es cuando me imagino ese café con hielo que empieza a apetecerme tanto cuando comienza el buen tiempo. Casi puedo oler ese tueste natural con el trastabilleo de los cubitos desde Mi Piel.

Hoy hemos comenzado bien temprano y, aunque mi madre disfruta ya del placer de la jubilación desde hace un par de años, allí apareció; cómo no, con su café recién hecho a primera hora. “Ay, hija. Me aburro en casa toda la mañana y necesitas un par de manos por aquí”. Estaba hasta arriba de encargos. Las ofertas especiales del Día del Padre no terminaban hasta el 31 de marzo y las ventas online no habían parado en los últimos días. Tal vez tuviera algo que ver eso de estar nosotros ‘encerrados’ en Segovia y el resto ‘encerrados’ de nosotros. Todavía recuerdo cuando mi abuela decía eso de “¡pero cómo que tienda online! Jose, ¿tú sabes cómo se atiende a los clientes en eso de la tienda online?” 

Mi padre se había mostrado también algo receloso al principio, de dar ese salto a la “modernidad”, como él decía. Yo lo entendía. Habían sido más de 30 años conociendo a cada cliente, hablando con ellos, preguntándoles por su vida, preguntándonos por la nuestra. Y de repente, el intruso online había venido a visitarnos… “¡Y menos mal!” se ha hartado desde entonces de decirle a sus compañeros del tute en cada polémico debate sobre la “situación del país”.  

En la tienda online tenemos muchos de los artículos que vendemos en Segovia: maletas, maletines, bolsos, mochilas, carteras, paraguas, neceseres… Y por fin podíamos llegar con ellos a cualquier parte del país, por mucho confinamiento que hubiera en medio. Incluso nos ha servido para vivir alguna que otra anécdota.

Mi amiga Sofía y yo cumplimos años el mismo día. El 30 de junio. El año pasado hacía poco y menos que habíamos estrenado la tienda online de Mi Piel y cómo no, yo tenía que probarla. No mentiré si digo que me hacía mucha ilusión pensar en cómo gente que no conozco, a través de Instagram o de Facebook, o por el boca a boca -algo que nunca pasa de moda-, miraba nuestro catálogo en silencio, de manera anónima. No era a lo que estaba acostumbrada y me encantaba pensar que había personas, que aunque yo no pudiera ver, estaban interesadas en todo lo que Mi Piel tenía, en todo en lo que llevaba tantos años trabajando. ¿Quién sería? ¿Cómo sería su cara? ¿Cómo su carácter? “Nuestra familia invisible”, le decía siempre a mi madre. 

Yo, por muy a mano que tuviera la tienda, no quería perder la oportunidad de estrenarme en ello. Así que, llegado el cumpleaños de Sofía, decidí comprarle la Mochila Portaordenador de Pepe Jeans Vegan. A ella le había encantado desde que la había visto en la tienda. “¡Clara! ¿Te has fijado que tiene un USB integrado”? En la página de Mi Piel había puesto su dirección, para que ese día llegara a su casa. Y así pasó. Una compra eficiente, rápida, que llegaba a su destino cuando quería, en un estado perfecto pero… ¡Ay los peros! 

Este “pero” tampoco era tan grave, aunque sí bastante casual. Ese día, mientras atendía a Amelia, una mujer del barrio y clienta habitual que, por cierto, siempre me había tratado con muchísimo cariño -la típica persona que tiene siempre una sonrisa y una buena frase para alegrarte el día-, había llegado a Mi Piel otro repartidor con un paquete para mi. Bueno, tampoco era muy extraño, al fin y al cabo, el 30 de junio era mi cumpleaños.

Amelia no tardó en irse. Recuerdo que ese día se había llevado un Neceser Movom Riga para ella y un paraguas Cacharel Estampado para su marido. Yo me apresuré entonces a abrir aquel paquete. La sorpresa vino cuando rasgué aquel cartón marrón en el que venía envuelto. ¡La Mochila Portaordenador Pepe Jeans Vegan! No venía sola, una nota inconfundible con olor a vainilla era el sello de Sofía: “¡Amiga! No podía dejar de estrenar vuestra tienda online este año para tu cumpleaños. Ya sabes cómo me gusta esta mochila, pero también sabes todo lo que te quiero. Tanto, tanto que voy a renunciar a ella para regalartela a ti. Espero que te guste y que algún día -muchos más que pocos- me la prestes”.

“Feliz cumpleaños, Sofía. ¡Cómo no iba a caerte la mochila por tus 34 cumpleaños! Será que no me has dado la lata con ella y qué mejor ocasión para estrenarme en mi propia tienda online. ¡Espero que pases un día precioso y salgas a dar tu primer paseo con la Pepe Jeans Vegan y tu USB integrado!” Esta había sido mi nota, sin olor a vainilla…

Vainilla… Recordar aquel olor me había llevado directa a Florencia. “Un cucurucho con dos bolas de vainilla, por favor”. 

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Una gabardina y un café. Así conocí a vuestra madre

La gabardina, una de las prendas de esta temporada

Algún día mi padre fue el Humphrey Bogart de Casablanca. Con su gabardina ajustada y ese buen porte que enamoró a mi madre a pesar de las circunstancias.

En casa siempre ha sido un planazo ver películas antiguas. Desde que descubrí aquel proyector en el desván de la abuela y disfrutaba con ella de cada cinta envejecida -por dentro y por fuera- hasta que Marina se unió al reparto peliculero. Hoy, también comparto con mi padre momentos de cine. Él es otro gran cinéfilo y amante vintage

Es un día de lluvia pre primaveral en Segovia. De esos en los que anochece poco después de las cuatro, y no porque toque, sino porque así lo ha decidido la meteorología. Este lunes sí habían acertado con las isobaras en el telediario, sin duda. “Marzo marzuelo, un día malo y otro bueno”, decía siempre el abuelo. A mi padre -Jose, a partir de ahora- se le ha antojado, para aprovechar la tarde-noche, rememorar aquellas grandes escenas en blanco y negro de Audrey Hepburn y George Peppard paseando por las calles de Nueva York en ‘Desayuno con Diamantes’. Nunca me cansaré de ver a Holly Golightly desayunando un bollo frente al escaparate de Tiffany´s o de ese momento en el que la joven engabardinada se puso a buscar desesperada a su gato bajo la  lluvia… “¡Vaya, la gabardina! ¡No he ido a recogerla a casa de mi hermana!” 

Si alguna característica más me tengo que adjudicar, esa es la de olvidadiza. “Pequeña Dori”, me dice siempre mi amiga Sofía. Hoy me hubiera venido genial. Estrenar primavera temprana con mi gabardina beige y con su forro de cuadros estampado, a juego, sin duda, con la bandolera verde El Potro Pipe, que me acababa de adjudicar en Mi Piel. “Me encanta esa gabardina tuya, hija; pero no conoces la historia de la mía”. Toca historia y pinta ser de las buenas.

A mi padre le encanta contar historias, ya sean de Don Pelayo en un viaje de familia o de su vida, o de la mía, o de… “¿Sabes cómo conocí a tu madre? Hacía un día bastante parecido al de hoy, pero ya metidos de lleno en primavera. Llovía que daba gusto. ¡Vaya si llovía! Recuerdo a la gente caminar… ¡Qué caminar! Correr por la calle, esquivándose unos a otros como podían y dándose mamporrazos con los paraguas. Los coches pasaban y  ¡zas! El charco en la cara. ¿Sabes lo que te digo? Yo había ido a por el periódico y me había pillado el chaparrón en mitad del camino de vuelta. Llevaba una gabardina preciosa. Me la acababa de comprar en una tienda de moda aquí en Segovia… La vieja tienda de Pilar, ¿la recuerdas? Eras muy pequeña… ¡Para una cosa que me compro! Que tú sabes, hija, que yo no soy mucho de ampliar el armario”. 

Me lo imagino con aquella gabardina, estilo detectivesco, -orgulloso de ella, parece ser- corriendo por las calles de Segovia y sin paraguas… Porque él nunca lleva paraguas. Y mira que le he insistido en que se coja uno en Mi Piel, “uno de Cacharel estampado, precioso”, le había dicho; pero no hay manera. Con el éxito que han tenido este año. En casa del herrero… 

Ahora que lo pienso, en esta familia somos muy fans de las gabardinas, prácticamente todos tenemos una en el armario. No me extraña que este tejido fuera creado para proteger a los oficiales ingleses, en sus inicios, del viento y la lluvia. Menudo invento el de Thomas Burberry, quién le iba a decir en aquel 1880 que su primer trench coat iba a tener tanto éxito y se iba a convertir en tendencia repetida años más tarde; como este, que es parte del total look de la primavera que se viene

“Corriendo bajo la lluvia, paraguazo aquí, paraguazo allá, el periódico ya inservible hecho masa; de repente noto un golpetazo tremendo y un calor inexplicable que se mezclaba con aquellas gotas frías de lluvia primaveral. Todo un café desparramado por mi recién estrenada gabardina. Tu madre, llegando tarde como siempre a cualquier sitio, corriendo a más no correr; ese día más de lo normal, claro. Con su café de primera mañana, que todavía hoy se prepara en casa para tomárselo camino de donde sea. Hirviendo. Cómo le gusta que esté hirviendo”.

Ahora comprendo porque mi madre siempre dice que cuando conoció a papá le recordaba a Humphrey Bogart, en Casablanca. Con su gabardina entallada que se ha convertido en el must-have temporada tras temporada. “Lleno de café, de arriba, abajo. Me pidió perdón tantas veces que hasta pena me dio, hija. Fui yo quien la invitó a un café esa mañana a cambio de que me explicara cómo quitarme las manchas de aquella gabardina. Que yo sabía hacerlo perfectamente. Tú sabes quién se encarga de la colada en casa; pero… Bueno, ya sabes. Alguna excusa tenía que poner entonces.” 

¿Qué habrá sido de esa gabardina? Ahora papá tenía una camel con doble botonadura, como las que se llevan este año y yo… que aún no sabía qué regalarle por el Día del Padre, se me había ocurrido un plan genial. ¿Y si le añado los complementos indispensables a ese look para que a mamá se le vuelva a caer la baba con este renovado y actualizado Humphrey Bogart? En Mi Piel teníamos ofertas especiales para el Día del Padre; un maletín Denver de Rosme, que le iba de perlas a su gabardina y que le servía, además, para guardar su portátil. De esta no pasaba. ¡El paraguas! El azul de Perletti me tenía enamorada. ¡Es hora de resaltar, papá! Y tal vez de ser un poquito más transgresor… Seguramente mi hermana tampoco había pensado en el regalo, ella siempre a última hora. La maleta de cabina de Wood de Movom, con su gabardina de moda, subiendo a ese avión que espero muy pronto puedan coger… 

Sí, me gusta la idea. Y mamá podrá parafrasear con buen gusto aquello de “el mundo entero se desmorona y nosotros nos enamoramos”. 

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“Maravillada” entre monumentos hechos de montaña

Covadonga, en Asturias

Mis padres y yo emprendíamos viaje a Covadonga, un lugar hecho de montaña. Una escapada de 3 minutos delante del Alcázar de Segovia

Siempre he sido la fantástica de la familia. Una mezcla entre la sutileza mágica de J.K. Rowling, la epopeya imaginaria de J.R.R Tolkien y sus ‘tierras medias’ y el afán descubridor de mundos de C.S Lewis. Y como tal, quedarme embobada mirando a la nada, fantaseando con una historia o un recuerdo -ligeramente exagerado- es parte indivisible de mi forma de ser. “Déjala, ha entrado en trance”. Eso suele decir mi padre al menos cuatro veces a la semana. Yo siempre le digo que prefiero llamarlo “estar maravillada”. 

Aquella tarde en la Pradera de San Marcos, frente al Alcázar de Segovia y la suerte de puesta de Sol que nos había tocado, volví a coger billetes quiméricos a un lugar que, por alguna u otra percepción, el Alcázar, situado en lo alto de aquella colina, me había recordado. Tal vez por su magnificencia o por esa manera de levantarse hacia el cielo. A mi padre siempre le ha gustado contarme historias épicas -tal vez tenga cierta culpa de ese “trance” del que habla-. La leyenda del rey Arturo o la de Beowulf; o en aquel viaje camino a Asturias, la del rey Don Pelayo y la batalla de Covadonga. 

Aún hoy tengo dudas si soy más rural o cosmopolita. Me encanta creerme Serena van der Woodsen paseando con mi Bowling Noco de cocodrilo Charol por el Upper East Side, sacando mi monedero Noco acharolado para pagar ese cocktail en The Empire Hotel Bar, mirando a Manhattan. Sin embargo, también me gusta sentir la paz de un lugar tranquilo, rodeado de naturaleza y aire -del de verdad-, donde nadie sea un extraño. Beber de sus manantiales, sentarme en su campo y respirar vida, como si fuera por un momento ‘la niña de los Alpes’. 

En Asturias no era complicado sentirse así. Llegamos un viernes por la mañana. De esto hace ya unos cuantos años, no más de 16 pesaban sobre mi. A mi hermana con sus recién 19 cumplidos no se le podía ni plantear la opción de subirse a un coche con maletas y padres -era su momento de primera independencia-. Medio llovía. Digo medio porque no era lluvia del todo. Allí lo llaman orvallo; pero a mi me bastaba para sacar mi paraguas azul Cacharel con topos amarillos. La niebla de primera hora se fue diluyendo a lo largo que pasaba la mañana dejándose ver poco a poco aquella maravilla. Nunca había estado en un sitio tan verde y frondoso. Robles, hayas, castaños, abedules. Aquello era el paradigma de la naturaleza.

Del Alcázar de Segovia había pasado a la mismísima Basílica de Covadonga. Recuerdo aquella carretera serpenteante entre montañas. Los árboles apenas te dejaban ver el cielo, el trayecto se bloqueaba en ocasiones por el paso de una vaca que campaba a sus anchas haciendo del asfalto su territorio. Me sentía completamente fuera de la realidad -un estado en el que me encantaba y encanta estar-. “Entre leyenda e historia”, decía mi padre según nos acercábamos a aquel monumental templo suspendido entre montañas -de hecho, de su propia piedra está hecha-. Aquel lugar era como una ‘matrioska’. Un secreto escondido que encierra muchos otros. 

«Pelayo, huyendo de una patrulla musulmana, remonta el valle fluvial hasta su final en el monte Auseva y se refugia en el entorno de la cueva natural, la cova dominica o Covadonga«. Mi padre seguía contando aquella gesta mientras paseábamos por el Parque del Príncipe, a los pies de la Cueva de la “Santina”. ¡Menudo jardín del Edén! Recuerdo una espectacular cascada en los aledaños del gran risco en el que se ubica la Basílica, además de preciosas fuentes y edificios “de gran valor arquitectónico”, decía. Justo debajo de la Cueva hay un pozo con el suelo brillante, lleno de monedas y supongo que de deseos. Y justo a su lado una fuente de siete caños. “La virgen de Covadonga tiene una fuente muy clara. La niña que de ella bebe dentro del año se casa”. Así decía su leyenda; pero yo bebí tranquila. 

“Clara, es tarde”. Sandra me daba un codazo. Había anochecido y era hora de recoger aquel picnic improvisado en la Pradera de San Marcos. Mi cabeza acaba de llegar entonces a los Lagos de Covadonga. Enol, de color verde esmeralda, y Ercina. En mi momentánea escapada a aquel Mirador de la Reina lo había decidido: “voy a volver muy pronto”. Para Sandra y Adriana habían pasado tres minutos. Para mi todo un viaje con maletas, excursiones y pernoctaciones incluidas. 

Hace fresco; pero no tanto frío como el que este invierno nos había traído, y el abrigo ya me pesaba. En realidad, no falta tanto para que comience la primavera. “¿Sandra, recuerdas la gabardina que me dejé en tu casa? Mañana me pasaré a buscarla”.

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Blancanieves también estuvo en Segovia

La Tienda Mi Piel se situa muy cerca del Alcázar de Segovia.

Allá fuimos. Un sábado de febrero en mitad de Carnaval, devolvimos a Blancanieves a su viejo castillo. Walt Disney tuvo un ojo exquisito a la hora de elegir palacio.

Sábado por la tarde. A veces pienso si tener un día de la semana preferido, como si fuera un color o un número, es demasiado infantil. Hablar de tu trío de la suerte; color, verde; número, once; día, sábado es, tal vez, un síntoma de superstición descontrolada. Sobre todo si hablas con y entre adultos, cosa que yo también soy. Por eso suelo nombrar solamente número y color; pero dejo fuera el tercer elemento, para no parecer Truman Capote. 

En Mi Piel trabajamos hasta las 14.30 los sábados. Hoy, a primera hora, Elena ha venido a traerme una caja de Moscovitas para sortear en nuestras redes sociales junto a una cartera Landó de hombre y mujer. Ella es dueña, junto a Javier, de otro comercio local, muy próximo al nuestro: Suprême Delicatessen. Mi madre suele ir allí muy a menudo, y no hay día que no se pase, que no me traiga una cajita gourmet de filetes de anchoa. Mi pequeño balcón, la vieja silla de mimbre, una copa de Erre de Herrero, el plato de flores azules de la cubertería de la abuela con anchoas y el libro de turno. El mediodía perfecto. 

El día de hoy en Segovia es espectacular. Por un momento he conseguido olvidarme del invierno y pasar, en mitad de febrero, directamente a la primavera. El Sol da de pleno en la Plaza Mayor y las cafeterías y restaurantes comienzan a rebosar -rebosar al 50%-. He quedado en el templete con mi hermana y la niña, como la mayoría de los sábados por la tarde. “¡Sábado de chicas!” Siempre viene gritando lo mismo. Es una especie de mantra que Adriana tiene asumida desde que simplemente barbullaba sonidos. Para ella es aceptable decir que el sábado es su día preferido de la semana. Creo que lo es para las tres, aunque dos lo mantengamos en secreto. 

Me encanta pensar que somos un poco las ‘Mujercitas’ de Segovia, aunque en este caso solo seamos tres. Por un momento me vuelvo Louisa May Alcott reescribiendo su ‘Little Women’. Veo a Adriana como a Amy, tan rubia como ella, con sus mismos ojos azules; y con una pasión innata por la pintura -o los garabatos-. A veces con algún toque de Beth, por su timidez. Sandra es Margaret, la mayor y responsable. Y Jo… Bueno, me gusta pensar que yo soy Jo. 

A Adriana le gusta disfrazarse. Lleva un par de años -desde que medianamente puede- alargando el Carnaval todo lo permitido y este año le habíamos dado aún más motivos. Este sábado tenía una misión: “Vas a ser Blancanieves por un día”. Y con estas, apareció. “¡Sábado de chicas!” Faldón amarillo, corsé -camiseta- azul y una capa roja que a saber de dónde había salido. Una Blancanieves rubia corriendo hacia mí. De su estrecho cinturón rojo colgaba un monedero-riñonera de Noco Complementos, lo último que había llegado a Mi Piel y del que Sandra se había enamorado; aunque ahora una diminuta princesa se lo había agenciado.

En este ‘Sábado de chicas’, tocaba visitar el castillo de Blancanieves. Así se lo habíamos prometido y no era ninguna mentira. Walt Disney había tenido un gusto exquisito al diseñar el palacio de una de sus musas. Situado frente a un acantilado y con torres circulares que se elevan al cielo, el Alcázar de Segovia había servido de inspiración para dibujar en su momento el viejo castillo de Blancanieves. Adriana no había estado allí aún. Tal vez habíamos reservado este momento para cuando ella misma pudiera imaginarse en su propio cuento de hadas. “El poder de mejorar las cosas está en uno mismo”, decía Blancanieves. 

Aquel cerro imponente fue su primer encuentro con la fantasía más inocente. El Alcázar es capaz de impresionar a cualquiera, también a mi, aunque lo haya visitado un número incontable de veces. Cuando llegas allí te cuesta distinguir entre estar en un cuento de los Hermanos Grimm o en un galeón surcando los mares, por su forma de proa de barco incrustado en lo alto de una roca. Y aunque en su momento fue fortaleza, prisión estatal, centro de artillería o academia militar, Adriana -también yo, seguramente Sandra- nos quedamos con su versión de palacio real. Por el Patio de Armas, por el Patio del Reloj… Curioso era ver a una pequeña Blancanieves corretear entre la Torre de Juan II y la del Homenaje. 

Qué poco duran los días preferidos. En la Pradera de San Marcos, con una de las mejores vistas del Alcázar, sacamos el mantel de cuadros vichy para desplegar la merienda del sábado. Los bocadillos los había hecho yo esta mañana antes de empezar turno en Mi Piel; la botella de vino la había ido a coger Sandra antes de llegar a la pradera. La puesta de Sol había venido sola. Adriana estaba ojiplática mirando el Alcázar justo a sus pies. Casi siempre, y si el tiempo lo permitía, acabábamos el día de picnic en algún mirador de la zona. Por allí, son muchas las familias que van con sus hijos a pasar una tarde especial. 

A unos metros, estaba mi vecina con su marido. Ella era de Asturias… Ahora que lo recuerdo… En Asturias hay también un lugar, en lo alto, escondido entre montañas que bien podría ser escenario de otra gran historia épica…